El Palau de la Música: nos damos una vuelta por la zona gratuita de unos de los grandes exponentes del modernismo catalán

Situado en el barrio de Sant Pere, bastante o muy céntrico, a unos centenares de metros de la Plaza Urquinaona y tampoco muy lejos -a apenas menos de diez minutos a pie- de Plaza Catalunya, se encuentra una de las grandes joyas del modernismo catalán y punto de encuentro social y económico de los poderes fácticos de Barcelona. Todavía muy afectada su imagen por el desfalco enorme y apabullante de hace una década protagonizado por sus últimos responsables y gerentes y que se cifra en más de 30 millones de euros, trata de dejar atrás aquella etapa si bien todavía se desconocen las condenas.

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Centrándonos en el edificio y nuestra visita, lo primero es su fachada: dominada por el color rojizo del ladrillo, combina muchos elementos que le otorgan un aspecto muy singular y reconocible. Varios conjuntos escultóricos llaman mucho la atención, así como sus cúpulas en lo alto, o en la base el juego de mosaicos coloridos muy propio y característico de este estilo. El Palau fue construído a comienzos del siglo XX, entre 1905 y 1908, por obra del arquitecto y gran exponente modernista, Lluís Domènech i Montaner. Desde fuera, la pena es que lo angosto de estas calles dificulta disfrutar del espacio suficiente para tener una perspectiva más amplia de este atractivo y bello equipamiento musical.

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También fuera destaca la escultura del artista Jaume Plensa, inicialmente instalada solo para un periodo muy concreto pero que fruto de su éxito entre vecinos y turistas se ha mantenido en su actual emplazamiento y que es objeto habitual de atracción de muchos de los visitantes de este espacio y también de esta zona de la ciudad. La escultura lleva por nombre “Carmela” y el artista la cedió voluntariamente y sin coste al Ayuntamiento en 2016 por un periodo renovable de 8 años a la ciudad. En palabras del artista se trata de una instalación que “llena el vacío” que existía en esta parte del conjunto urbano del Palau.

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Entrando por la puerta principal llama la atención toda la zona de recepción. Lujosa, elegante, delicada, muy bien decorada, permite la posibilidad de sacar el ticket para la visita -y los hay con varias fórmulas y la mayoría rondando los 20 a 30 euros y visitas de cerca de una hora o que también se pueden hacer por libre- para disfrutar de la  espectacular imagen de la Sala de Conciertos, una de las pocas (“la única”, según la información del propio Palau) declarada por la UNESCO “Patrimonio de la Humanidad”. Sea como fuere, es realmente increíble y merece el precio que cuesta aunque no sea el caso de este artículo (por el que nos paseamos por la parte gratuïta). En la entrada, por cierto, abundan los visitantes de aspecto asiático por encima de cualquier otra nacionalidad. Es sabido el éxito tanto del modernismo como de la Sagrada Familia en Japón.

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En la parte de atrás, vistas las preciosas escaleras que suben hacia el primer piso, nos damos una vuelta por la parte de la cafetería. En sintonía con el resto del edificio, es también de claro estilo modernista, bello y bien equipado. Cuenta con una buena oferta gastronómica y de catering, y es un lugar ideal para tomarse un café y disfrutar de este agradable y ‘barroco’, bastante recargado, espacio. También hay  una parte exterior tras una zona acristalada, perfecta para el verano y el buen tiempo pero también una buena alternativa en invierno -en Barcelona las temperaturas no son extremas y con unas estufas se puede estar también bastante bien-.

En general, de visita por esta parte de la capital catalana, si no se tiene demasiado tiempo o no se quiere pagar -aunque la sala principal lo merece- es una buena opción darse una vuelta tanto para ver la escultura de Plensa como la fachada o algunas de sus estancias en la parte baja y tomarse con algo de calma un café, refresco o lo que se crea. //