San Sebastián, vistas desde el Monte Igueldo

Cogiendo un funicular en la falda del Monte Igueldo se sube hasta lo alto en un trayecto con unas grandes y amplias vistas sobre la Playa de la Concha y buena parte de San Sebastián.

El propio funicular ya es por sí mismo digno de visita. Data de 1912, con sus bancos de madera y que por aquellos tiempos usaban los donostiarras para subir al casino o salón de baile. Nosotros no pudimos disfrutar de esa experiencia ya que subimos en coche (que también se puede hacer, hay zona de aparcamiento en lo alto). Arriba, como ya se ha dicho y como desde el propio Ayuntamiento promueven, se encuentran algunas de las vistas más “emblemáticas” y conocidas sobre la ciudad. En nuestro caso, la bruma nos estropeaba algo la imagen. No así, en sentido contrario. De espaldas a San Sebastián se abrían unas panorámicas sobre la agreste y casi violenta costa guipuzcoana bañada por las salvajes olas del Mar Cantábrico ( u Océano Atlántico, según se mire).

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Una vez en lo alto nos espera una parque de atracciones de la misma época, comienzos del pasado siglo, todavía en funcionamiento que representa un viaje no solo en el tiempo, a aquella época, sino también probablemente a la infancia de muchos de nostros cuando este tipo de espacios no estaba trufado de atracciones de velocidades imposibles y adrenalíticos por definición. El Parque de Atracciones del Monte Igueldo se define más bien por otro concepto, por la tranquilidad y por ofrecer instalaciones como las camas elásticas, la Montaña Suiza, el Paseo de la Risa, el Laberinto Mágico, las casas encantadas… Hacen las delicias de pequeños y mayores en un espacio no exageradamente extenso y que tampoco está pensado para grandes aglomeraciones de visitantes.

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Sus miradores sobre la Bahía de la Concha así como el restaurante permiten un disfrute pausado de unas vistas amplias y preciosas. Sobre el parque se erige el Torreón, que se construyó en el siglo XVIII y que desde esa fecha y durante un siglo guió a cientos o miles de barcos actuando como faro, señalando tierra para los barcos y evitando (en la medida de lo posible) percances graves o mayores. Desde 1855 su función la realiza un faro situado por debajo del Torreón donde todavía quedaba una lengua de tierra para situarlo.

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Al Torreón, por cierto, se puede subir. La caminata no es muy exigente y el precio tampoco exagerado. Desde lo alto, nuevamente, se tiene unas preciosas vistas hacia ambos lados de la costa cantábrica. En las escaleras, cuadros de época nos permiten o facilitan recrear otras épocas, costumbres o formas de vestir que hoy nos parecen casi ‘jurásicas’ pero que en realidad no están tan lejos como podríamos pensar. Sin duda, es uno de los lugares singulares y recomendables de la capital guipuzcoana donde dejar el reloj de lado y dejarse imbuir por un ritmo más ‘slow’.