(T) Saint-Émilion, piedra caliza y mucha uva Merlot

(T) Saint-Émilion, piedra caliza y mucha uva Merlot

Es un pueblo precioso situado a unos 40 minutos en coche de Burdeos: un destino muy adecuado y de los más habituales desde la ciudad francesa, famoso por su belleza, singularidad y por sus vastos y ancestrales campos de viñedos, que han dado lugar a vinos de larga tradición y mayoritariamente de mucha o bastante calidad, como es conocida toda esta parte del suroeste de Francia. De hecho, a nivel internacional, se hace difícil pensar en alguna parte del planeta que pueda tener mayor fama que Burdeos asociada a dichos caldos. Burdeos, en general y para los no muy expertos, es sinónimo de buenos vinos.

Al poco de llegar -el aparcamiento se encuentra a las afueras del pueblo y según la hora y el momento del año puede estar bastante lleno aunque no imposible; hay bastante movimiento- lo primero que uno se encuentra en la parte alta de Saint-Émilion es la Colegiata, donde durante muchos siglos se alojaron canónigos que no solo ostentaron gran y remarcable poder religioso sinó también secular mediante proximidad a los estamentos dominantes o mediante acciones como la recaudación de ciertos impuestos. Obedientes de la regla de Sant Agustín, dicho edificio data del siglo XII, si bien su entrada, gótica, corresponde a los siglos XIII a XV, algo posterior a esa primera piedra que según cuentan en la web oficial se produjo en el año 1100.

Claustro de la Colegiata, centro físico y espiritual del recinto. @IRV

El claustro, siempre significativo para este tipo de comunidades, más o menos cerrado y con un jardín central que quiere remitir de algún modo al del Edén, se localiza en el punto neurálgico, centro del monasterio físico y espiritual. En nuestro caso, pudimos recorrerlo con mucha calma, pocos visitantes y en un ambiente y entorno adecuado a lo que demandaba ese espacio. Impresionan los capiteles y todo el conjunto y nos invita al consiguiente viaje temporal.

Al salir, vuelta a un pueblo que en verano y con buen tiempo -fue nuestro caso aunque no siempre es lo más habitual en una zona donde el porcentaje de días lluviosos y nublados segón nos explicaron es bastante alto- tiene una afluencia de gente considerable. Por el tamaño de las calles y plazas, el volumen es bastante apreciable y pone de manifiesto que, vino al margen, el turismo y todo lo relacionado con él (restauración o alojamiento) tienen un peso notable sobre su actividad económica.

La Casa de la «Cadène», no muy lejos de la Colegiata y de camino a los pies de la Iglesia Monolítica que domina el pueblo, destaca por ser la única de Saint Émilion que todavía conserva su entrada de madera (del siglo XVI) y por una particular historia alrededor de su nombre. Éste podría derivar de una antigua cadena que en su momento separara las partes alta y baja del pueblo (religiosa y secular, respectivamente) aunque también podría ser herencia de un antiguo propietario, Guillaume Reanud de la Cadène, que se alojó en dicha vivienda en el siglo XIII. Lo cierto es que la calle llama mucho la atención también por un antiguo puente que conecta ambas fachadas y porque la silueta del campanario de la iglesia al fondo crea una estampa digna de postal.

Al final de dicha calle es donde se encuentra uno de los acceso a la Iglesia Monolítica, cuya formulación se traduce por «única piedra» y que describe una construcción religiosa excavada en la piedra calcárea de la zona -ideal para los vinos y que durante muchos siglos se trabajó en las canteras para alimentar la construcción de ciudades como la propia Burdeos-. Esta iglesia sobresale de forma muy notable en todo el pueblo y es la que está muy relacionada con el propio nombre de Saint Emilion (monje bretón que en el siglo VIII se refugió en esta parte de Francia, por entonces conocida por el nombre de Ascumbas) ya que actúa como relicario del propio santo que durante mucho tiempo fue centro de peregrinación.

Uno de los accesos a la iglesia Monolítica, excavada en la piedra. @IRV

La parte central de la iglesia (s. XII) , excavada, mide 30 metros de largo por 12 de alto, y cuenta con un campanario de 68 metros, al que se accede tras superar 196 escalones y que ofrece unas bonitas vistas de la zona. El conjunto pasó por vicisitudes diversas, siendo «devastado» y «maltratado» por los revolucionarios en los siglo XVI y XVIII y restaurado en el siglo XX. Toda esa zona es de las más habituales para hacer un descanso, tomar algo o comer.

Nuestro periplo -aunque hay más cosas por ver, como intramuros la Torre del Rey, que no se sabe si fue levantada por un rey francés o inglés, o si fue un organismo civil secular y con poder en Saint Émilion como la Jurade en el siglo XIII- acabó cogiendo el coche y acercándonos a una de sus cooperativas de vino, donde compramos algunas botellas (también para regalar) a unos precios razonables (aunque los hay para todos los gustos y bolsillos). La experiencia, con algo de cata, fue agradable y a la altura de lo esperado. En el trayecto y a vista de pájaro, se veían unas casas y mansiones entre viñedos que explican la fama de esta zona de Francia, sofisticada, con presencia histórica y geográfica de grandes explotaciones vitivinícolas, favorecidas por su microclima y las propiedades del suelo y donde domina sobre todo la uva de la variedad Merlot (con algo también de uva Cabernet Franc, Cabernet Sauvignon y Malbec). En 1999 toda la zona fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO por representar un «ejemplo notable de un paisaje vitícola histórico que ha sobrevivido intacto». //


(Más fotos sobre el viaje en el perfil en IG: @evrevista)



Si quieres estar al día de las novedades de EV, puedes dejar tu correo aquí.
Publicamos solo cuando hay algo que merece la pena.


Comentarios

Deja un comentario