Viena tiene cerca de dos millones de habitantes y casi tres si se incluye la zona metropolitana con un porcentaje alto de diversidad y unos orígenes celtas anteriores a la llegada de los romanos en el siglo I dC y que establecieran en esa zona un campamento militar de control de la frontera en el Danubio conocida como «Vindobona». Hay constancia ya en época medieval (siglos IX-X) de la existencia de Viena, si bien su época de mayor esplendor es la imperial bajo gobierno de la familia Habsburgo y hasta la Primera Guerra Mundial. Precisamente de esa última etapa o incluso un poco antes (s. XVIII) data uno de los elementos definitorios de la ciudad y del carácter en parte de sus ciudadanos como es la ‘cultura de café o cafeteria’, que vivió un verdadero ‘boom’ durante el siglo XIX.
Hay sobre unas 130 de corte clásico (más de 2.000 de todos los tipos), si bien las primeras son las más características, elegantes, de mesas de mármol o madera noble, columnas, espejos, columnas… Y el producto por excelencia, ideado por Joseph Sacher es la tarta que lleva su nombre y que después, con el hijo, daría lugar al Hotel Sacher, uno de los más famosos del mundo, que ha alojado a figuras como Kennedy, Indira Gandhi o Karajan y que en sus partes inferiores cuenta con dos cafeterías muy llamativas, de potentes y delicados tonos rojizos, tradicional, donde degustar la tan valorada y famosa tarta hecha a base de bizcocho de chocolate, una capa de mermelada de albaricoque y una cobertura de chocolate negro. Según parece, se ideó en 1832 para el príncipe Metternich.
Oto lugar, muy famoso y un imprescindible en la ciudad, es la pastelería Demel (1786), proveedores oficiales de la corte imperial y que durante años litigaron con los anteriores por hacerse con los derechos sobre la tarta sacher ‘original’, cuya receta es confidencial y que en el hotel sirven con un ‘medallón’ de chocolate y las letras que lo certifican impresas y comestibles (obvio). De esta segunda, destaca un obrador que se puede ver incluso desde la calle, sus tonos dorados o como curiosidad que durante el siglo XIX solo tuviera camareras femeninas (algo, en general, inusual).
Por cierto, en 2011 la UNESCO incluyó la ‘cultura de café’ de Viena en la lista de Patrimonio Cultural de la Humanidad, por sus componentes de socialización y sus particularidades alrededor del mundo del arte, la escritura, el debate… Todos los intangibles relacionados con un espacio muy especial y parte indestriable de la forma de vivir en el país y la ciudad. Por sus salas pasaron figuras como Freud o Stefan Zweig, por citar solo un par. El café llegó a la ciudad tras el asedio otomano de 1683.

Schonbrunn
Otro que también es Patrimonio de la UNESCO es el palacio de Schonbrunn, residencia de verano de la familia Hasburgo -impulsado por la emperatriz María Teresa de Austria-, en la zona oeste de la ciudad, residencial, y que destaca, entre otros elementos, por tener más de 1.400 habitaciones -se suelen visitar entre 40 o 50, dependiendo del tipo de entrada-. Data del siglo XVII, reformado en el siguiente, y alojó a José Francisco I y a la emperatriz Isabel de Baviera (la famosa y muy querida ‘Sisi’). De estilo mayoritariamente rococó, recargado y con mucho dorado y lámparas espectaculares, sobresalen los apartamentos imperiales y, muy especialmente, la «Gran Galería» y la «Sala de los Espejos». Una visita que, por momentos, impresiona; majestuosa. Y que se puede realizar a ritmo ligero en un par de horas, más o menos. En ambos casos, mejor informarse on line y reservar.
El otro palacio, también recomendable y en este caso más cercano al centro histórico y residencia de verano del príncipe Eugenio de Saboya, es el Belvedere. Se distingue entre el superior e inferior, siendo el primera el más potente con una coleccion de arte que lo sitúa como uno de los museos más importantes del país y de Europa Central. Es del siglo XVIII, con infinidad de salas y algunos nombres muy ilustres como los de Monet, Van Gogh, el expresionista Kokochka y, de forma muy particular, Gustav Klimt y «El beso»: obra de 1908 es uno de los grandes iconos no solo del palacio sino de la ciudad y de Austria. Klimt, nacido en 1862, hijo de un grabador de oro, es el pintor austríaco más cotizado internacionalmente. Rupturista, sensual, moderno, algunos de sus cuadros más famosos se caracterizaron por sus geometrías o la abundancia de elementos dorados. Algunos de ellos fueron confiscados por los nazis. Hoy es uno de los grandes atractivos del Belvedere, junto a otros espacios como la «Sala de Mármol».
El Inferior, separado por unos jardines también barrocos, destaca por las estancias del príncipe Eugenio y por alojar exposiciones temporales, además de por sus salas barrocas. Entre uno y otro se repasan casi 800 años de historia del arte. // (T) (E)
(Más fotos y contenidos en nuestro perfil de IG: ev_revista)






















Deja un comentario