Ambas son espectaculares aunque con aspectos y experiencias distintas; ambas connectan desde Marrakech en una ruta que cruza el Alto Atlas por un puerto a más de 2.000 metros (2.260 por el puerto de Tizi n’Tichka) y unas carreteras increibles (tanto por su orografía como por su estado, en constantes obras de reforma y restauración, así como por sus giros de 180 grados en muchos casos y que hay que hacer con calma y paciencia. Y con cuidado de los camiones). Los paisajes, en cualquier caso y no es extraño parar en algún punto para disfrutar de ellos, son francamente imponentes. De hecho, lo hacen autobuses enteros, que en alguno de sus giros frenan para descargar el pasaje completo para que inmortalicen los paisajes, selfie mediante. Su virginidad, la de las vistas, o apariencia de ello, las dota de mayor autenticidad. Marruecos, en este sentido, impresiona.
Desde Marrakech hasta la primera de las gargantas, la del Dades (el nombre viene del río que ha esculpido a lo largo de millones de años cañones de paredes de decenas de metros de profundidad y de las más impresionantes del norte de África) se hace en unas seis horas, más o menos. La población de descanso más cercana, y donde nosotros hicimos noche no sin algún que otro problema para dar con el establecimiento -algo escondido y que no se veía desde la carretera- se llama Boulmane Dades. Allí llegamos por la tarde; y justo antes que cayera el sol y también a la mañana siguiente pudimos disfrutar a lo lejos, aunque no mucho, de unas formas naturales en la roca características de la zona y de las gargantas y que se conocen como «Monkey fingers» (dedos de mono), por su similitud física y que son fruto de la erosión causada por el viento y el agua. Las casas de adobe y la sencillez tanto de las construcciones como de sus gentes: un ejemplo de quietud y resiliencia (no sin esfuerzo ni voluntad de mejora). Los precios, por nuestra experiencia, contenidos.
El viaje hasta Dades, a unos 30 kilómetros, tranquilo y lento: la carretera serpentea y es, de hecho, una de las fotos características tanto de la región como, en parte, del país. En zig-zag: ojo para aquellos que se marean y también para los que quieran ir rápido; los controles de tráfico son frecuentes, muchas veces disimulados, así que no es raro tener algún que otro percance. Paisajes eminentemente áridos, destacan por contraste algunos oasis en sus valles a altitudes medias sobre los 1500 metros sobre el nivel del mar. Tinghir es otra de las urbes cercanas y de cierto interés. Nosotros la visitamos, por encima, de vuelta del desierto de Merzougha, en una ruta de ida y vuelta con paradas distintas desde Marrakech.
La otra garganta, la de Todra y que también debe su nombre a otro río -que, en general, en la actualidad, baja con muy poca agua- es uno de los grandes destinos de escalada de Marruecos. En alguna de nuestras fotos (en la galería y en nuestro perfil en IG), de hecho, aparecen parejas colgadas de paredes espectaculares y alturas de vértigo. Por contra, también hay grupos que hacen iniciación más cerca del suelo, a una decena de metros, para aprender técnica, procesos y algunos movimientos. En ésta, se encuentran paredes de hasta 300 metros de vertical. Está muy visitada y desde más o menos primera hora llegan a su base autobuses cargados de pasaje (el acceso por carretera hasta sus inmediaciones da facilidades para ello). De todos modos, si se madruga, se habla de sensaciones en este paraje natural casi místicas.
Ambas, las dos gargantas, se suelen visitar durante la misma jornada y no toma más de un par de horas. Cerca hay poblaciones como Ouarzazate o el ksar, presente en películas como Gladiator o Juego de Tronos, de Ait Ben Haddou (Patrimonio de la UNESCO y del que hablamos en otro artículo) y que nosotros visitamos en el viaje de regreso desde el desierto hacia Marrakech. // (T) (E)
P.D.: Para más fotos y contenidos nos podéis seguir en nuestro perfil de IG: @ev_revista.




































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