La conocen como la «pequeña París», como así nos explicaron durante el free tour inicial que realizamos y que recomendamos, aunque por lo que contaron algunos avances destacados como la llegada de la luz eléctrica lo hicieron primero a Burdeos que a la capital francesa. Es, por supuesto, famosa por el vino -es una de las grandes regiones vitivinícolas del mundo- pero ofrece algunas cosas más, como por ejemplo varios monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Entre ellos, su centro histórico de edificios clásicos y donde se ubican varios espacios de gran interés; al margen por supuesto de lo interesante, agradable y entretenido de pasear por sus calles, disfrutar de ese encanto tan particular y tan ‘francés’ o distraerse recorriendo alguna de sus principales arterias comerciales (rue Sainte Catherine) y que están entre las más largas de Europa. Es una ciudad, sobra decirlo, muy adecuada para viajes en família y escapadas de un par de días para hacerla sin prisas y de forma relajada. Además, cerca hay pueblos interesantes como Saint Émilion (que visitamos y sobre el que hablaremos en un próximo artículo)

De entre los monumentos, la Puerta Calhau, también dentro de la lista de la UNESCO, construída en 1495 en honor a Carlos VII y su victoria en la batalla de Fornovo y que está a medio camino entre una edificación claramente defensiva, militar, pero que combina con cierta estética y recuerda también a un arco de triunfo. Es la torre más famosa de la ciudad y vestigio de su antigua muralla protectora. Otra edificación de perfil similar es la Gross Cloche (Puerta de la Gran Campana); enorme campanario que data del siglo XV, acceso de la antigua muralla, que durante parte de su historia sirvió como prisión de jóvenes y cuyas campanas, de ocho toneladas de peso, actuaron com aviso de peligros como ataques o incendios pero también de buenas nuevas como el inicio de la época de cosecha. En lo alto, una figura que recuerda a un león es herencia de la presencia y dominio británico que también se dio en esas latitudes galas tiempo atrás.
No muy lejos de allí vale la pena entrar en la Catedral de Saint André, que data de los siglos XII a XVI, desde fuera no especialmente muy llamativa pero que por dentro destaca por sus vidrieras, coro o capilla y que albergó a lo largo de la historia dos bodas reales: entre Leonor de Aquitania y Luis VII y entre Luis XII y Ana de Austria. Desde una de sus torres, la de Pey Berland ofrece unas bonitas vistas desde lo alto sobre toda la zona, previo ascenso de sus cerca de 200 peldaños de su escalera de caracol.

Miroir d’Eau
Pero si hay un gran espacio, fotografiable y muy visitado, reciente, de comienzos del siglo XXI, es el «Espejo de Agua», en la Plaza de la Bolsa, al lado del río Garona, -donde se encuentran los edificios de la Bolsa y antiguas aduanas, muestra de la arquitectura francesa del siglo XVIII-, que sirviéndose de un pequeño manto de agua genera unos reflejos espectaculares y francamente bellos. En francés se conoce como Miroir d’Eau y actúa también en verano como espacio para refrescarse y de diversión, especialmente entre los más pequeños que se lo pasan en grande -incluido algún que otro resbalón. Al atardecer, con la caída del sol, es uno de los mejores momentos para acercarse y disfrutar de unas estampas que se califican como «de postal». Y no se equivocan.
Cerca, se encuentra la Place de Quinconces, amplia y con una fuente que recuerda a los Girondinos, de triste final a manos de los jacobinos tras las revueltas francesas pero que es homenaje a aquel colectivo y su aportación a la República. A pocos metros se localiza la Place de la Comédie, peatonal y con sus característicos tranvías, que circulan por delante del edificio de la Ópera: el Grand Theatre. Abrió sus puertas en abril de 1780 y su fachada, de corte clásico, es elegante e imponente con sus doce columnas de estilo corintio coronadas por ocho musas y tres diosas de la mitología antigua. Por su escenario han pasado figuras como Plácido Domingo, Gustav Leonhardt o Natalie Dessay.

Cité du Vin
Y acabamos, como no podía ser de otro modo, con la «Cité du Vin» (Ciudad del Vino): relativamente cerca del centro aunque recomendable asesorarse para desplazarse en transporte público -y que no es difícil-, destaca por su fachada, acristalda y su forma, que recuerda a un decantador de vino. Dentro, cerca de 3.000 metros cuadrados dedicados a realizar un amplio repaso por todo lo relacionado con ese mundo, tanto desde un punto de vista histórico, geográfico (viaje por los cinco continentes) como también científico, de olores, etc. Se calcula que la visita puede realizarse en un tiempo medio que puede oscilar entre las dos y tres horas. Consta, por cierto, de 18 módulos y algunas partes interactivas y muy vistosas pensadas también para público familiar.
P.D.: Un pequeño apunte sobre uno de sus dulces característicos: el cannelé, de pequeño tamaño, forma algo cilíndrica, exterior estriado, caramelizado pero no crujiente e interior esponjoso, hecho según leemos por una orden de monjas en el siglo XVI como recuperación de productos sobrantes. El ron, vainilla, harina y azúcar de los buques mercantes y la yema de huevo de las claras usadas por los productores para clarificar los vinos. De ahí surgió este característico y simpático dulce, que es muy fácil de consumir en cualquier parte de Burdeos.
(Más fotos y contenidos sobre muchos de los lugares citados en este artículo, en nuestros perfiles en Facebook e Instagram: @ev_revista)

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