Es una ciudad impresionante, grande, apabullante, con mucha vida y un zoco laberíntico en el que perderse y que es lo más normal del mundo. Una plaza grande, de las más extensas del norte de África de 200 metros de largo por 200 de ancho), Jemaa el-Fna, declarada Patrimonio de la UNESCO desde 2001, junto a la Medina, no tanto por su arquitectura como por su vida y sus gentes y que vibra especialmente con la llegada del atardecer y noche y que muta en una transformación notable con la relajación del sol y las temperaturas -altas, tórridas, durante parte significativa del año-. Antes, el ritmo es pausado y abundan los puestos de fruta y algún que otro número de música y animales para turistas; después el escenario cambia, se llena de paradas para comer, los decibelos crecen y el ajetreo, el número de espectáculos se dispara y su aspecto es otro. Las panorámicas desde alguno de los restaurantes o cafeterías cercanas: un imprescindible para asistir a su variación de piel. En uno u otro caso, se trata de un espacio imponente, abierto y que ha evolucionado con la ciudad, del siglo XI, como espacio abierto y no monumental con los cambios de la ciudad. Su nombre, por cierto, se traduce como «asamblea de los muertos» y hace referencia a las ejecuciones públicas que en ella se realizaban en el pasado.
Cerca de la plaza o desembocando en ella desde varios puntos como si de un río o muchos de sus afluentes se tratara llegando a las inmediaciones de un gran lago, se encuentra el zoco: distribuido por gremios como los del metal, textil, cuero, especias… Difícil orientarse con el GPS u otras aplicaciones y mejor hacerlo también ayudándose de referencias visuales que nos permitan saber más o menos donde nos encontramos. El arte del regateo como un básico inapelable: los precios pueden multiplicarse de entrada por dos o por tres y lo primero en la negociación bajar hasta el 50% de lo propuesto. Y de ahí… a jugar. Una práctica ineludible que no puede dejarse de lado, apetezca o no.
También, próxima a la plaza, otra de las referencias de Marrakech, la mezquita Kutubia, que hace referencia a los «kutubiyyin», libreros en alusión a un importante mercado de manuscritos que en el pasado se encontraba en sus alrededores. Es la mezquita principal de la ciudad, data del siglo XII, bajo dominio de los almohades y sirvió como referencia para la Giralda de Sevilla o la Torre Hassan de Rabat. El minarete mide 77 metros de alto y el acceso está prohibido para los no musulmanes; de todos modos, sus alrededores y jardines representan un espacio agradable para el paseo.
Esta primera entrega la acabamos con la Medina, fortificada y núcleo de esta ciudad, orginariamente imperial, bajo gobierno de los almoravides durante los siglos XI y XII. Después llegarían los almohades, saadíes, alauítas en el siglo XVII y el paréntesis como protectorado francés entre los años 1912 y 1956. Las murallas, sólidas y defensivas, de 19 quilómetros de perímetro y su característico colo rojizo, propio del terreno y tierra (tapial) que da lugar al apelativo por la que se conoce a Marrakech («ciudad roja»). La Medina, lejos del trazado europeo u occiental, deja de lado geometrías o simetrías y busca mediante calles principales conectar plazas y zocos. Cuenta con prácticamente 9.000 callejones y los riads característicos, muchas veces viviendas poco vistosas desde fuera pero muy distintas, confortables, espaciosas y muy bien cuidadas climáticamente por dentro alrededor de un patio central (sobre el que se basan también por obvia influencia e incluso herencia la típica casa andaluza).
De la Medina también interesantes, los derbs: callejones sin salida residenciales. La UNESCO la incluyó en su listado como Patrimonio en 1985. Hoy es un lugar turístico pero que todavía mantiene gran parte de su espíritu original y local. Y sus raíces medievales, fiel a dos ejes que3 desde etonces lo vertebran: el clima -hacer frente a las inclemencias de un sol que puede ser abrasador en esas latitudes- y el sentir de comunidad. // (T) (E)
(En un próximo artículo hablaremos sobre el Palacio de la Bahía, las Tumbas Saadíes y los Jardines Majorelle, de Yves Saint Laurent). Más contenidos en nuestro perfil de IG: @ev_revista.





















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