Escapadas

Viaje al universo más íntimo de Dalí: visitamos su Casa-museo en Portlligat

Retorcida, estrambótica, original, curiosa, diferente… Son todos ellos términos que pueden utilizarse perfectamente para referirse a la Casa-museo de Salvador Dalí en Portlligat. Leemos que fue su única residencia estable hasta 1982, año en el que murió Gala y el pintor se trasladó al Castillo de Púbol. Nosotros estuvimos a punto de no visitarla, se nos hacía tarde, nos quedábamos sin luz y todavía queríamos ver muchas cosas. Por suerte, cambiamos de opinión, nos acercamos a las taquillas, compramos las entradas y esperamos turno para poder entrar en lo que llaman “visitas acompañadas”. Mientras no llegaba la hora, dimos un paseo por los jardines de la Casa.

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Espectaculares, enormes en dimensiones y de difícil orientación. Destaca la piscina, llamativa por su forma y que se construyó ya en la parte final de la casa, durante la última fase de remodelación. Cuenta en ese espacio con una especie de trono decorado con motivos de una conocida marca de neumáticos, constituyendo un conjunto que roza en lo hortera o ‘kitsch’ pero que, como su autor, no deja indiferente. Más tarde nos enteramos que la parte exterior de la Casa tiene una extensión de más de 10.000 metros cuadrados. En muchos casos , llenos de olivos.

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En la casa, una vez iniciada la visita, que también se hizo en inglés y francés, en la primera estancia, nos recibió un oso polar disecado ornamentado por el propio Dalí y que -para nuestro gusto y también sensibilidad- podríamos haber omitido, aunque entendemos que era otra época y también otros gustos. Era, según nos cuentan, un regalo de un escritor norteamericano. Al lado, una pequeña biblioteca, sin ningún libro original y con otros animales -pájaros- nuevamente disecados.

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En el primer piso, subiendo por unas escaleras y dejando a la izquierda una pequeña cocina, hoy utilizada por los trabajadores, llegamos a la zona del taller y de trabajo. Como todo el conjunto sigue una distribución tortuosa, difícil de entender por lo menos desde una lógica racional. La explicación se encuentra en que esta casa es una suma de pequeñas cabañas de pescadores que se fueron incorporando y rehaciendo para convertirlas en un todo más o menos compacto. La primera cabaña la compró Dalí en el año 1930 y siguió añadiendo el resto -hasta un total de siete- durante las décadas siguientes. La piscina fue una de las últimas obras en realizar, espacio donde en la década de los setenta el propio pintor y su musa recibieron y organizaron distintos eventos.

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Volviendo al taller, con unas preciosas vistas sobre la bahía, nos encontramos con un curioso sistema de poleas en una de las paredes sosteniendo un enorme cuadro. El sistema permitía a Dalí mover los cuadros independientemente de su tamaño para poder seguir pintando sin tener que encaramarse a una escalera y continuar haciéndolo sentado sobre su silla. Para ello incluso tenía -y tiene- una apertura en el suelo que permitía que el cuadro -si era muy alto- se deslizara mediante dicho método hacia el piso de abajo.

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La visita la acabamos en el primer piso, con las estancias de los Pájaros, el dormitorio, los baños, el vestidor y la Sala Oval. Todas muy interesantes y algunas por encima de las otras jugando con el desnivel de la casa y del terreno. En el dormitorio encontramos dos camas separaradas. Dalí dormía en la que queda más cerca de la ventana que da al mar. El pintor se jactaba de ser la persona de la Península que antes veía salir el sol cada mañana. Por su orientación y cercanía, parece coherente. También, porque tenía un espejo colocado estratégicamente para reflejar la luz. Asimismo, a primera hora, le gustaba oir el particular sonido de los grillos y por ello tenía algunos en una muy pequeña y peculiar jaula en un gesto digno del personaje.

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En el vestidor de Gala encontramos un sinfín de fotos del pintor con muchas de las grandes personalidades del momento y que la propia Gala se encargó de escoger. Esta estancia conecta con otra de las más interesantes: la Sala Oval. Oval, lógicamente, por su forma. Destinada a reuniones y charlas, en la parte central crea un efecto micrófono del que podemos dar fe y que es muy potente. Una especie de eco reconcentrado curioso y algo atronador. De vuelta al vestidor, desde allí ya salimos al jardín. Visita agradable y amena, que permite hacerse una idea más aproximada del complejo carácter y personalidad del genial Salvador Dalí.


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