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Cabo Finisterre, ‘donde se acababa el mundo’

Hay mucha leyenda y mística alrededor de este punto de la costa gallega, que ya por su nombre indica algo especial. Los romanos al llegar a esta zona en el siglo II a.C. descubrieron un monumento (altar) de origen celta que rendía tributo al rey Sol, Ara Solis (hoy, una plaza en el pueblo de Fisterra lleva dicho nombre), y que guardaba una significación trascendental uniendo el mundo terrenal con el más allá. Por allí se fundía el sol cada noche con el mar, creando un espectáculo que causaría impresión. Aquellas tribus creían en la existencia de una isla allende los mares donde la vida continuaba una vez ésta, en este mundo, se acababa.

Además, tantos siglos atrás y todavía muy anterior a descubrimientos geográficos posteriores que nos han hecho el mundo mucho más cercano, el Cabo Finisterre (también Fisterra) era considerado como el punto más occidental del Continente: el lugar más al oeste de tierra conocido hace casi 2.200 años. De ahí el nombre que le dieron a este cabo, Finisterre o, en latín, «Finis terrae»: donde acaba la tierra. No cuesta imaginar la sensación que por entonces crearía entre sus visitantes divisar el horizonte al fondo y pensar que no había nada más allá. Creencias y leyendas que, además, se mezclarían y enriquecerían, con las signifaciones atribuídas por sus anteriores pobladores, conectando con la de los nuevos ocupantes y que, con el tiempo, se verían acrecentadas por las peregrinaciones a Santiago de Compostela.

El Camino, para aquellos que no lo sepan, reserva un último tramo, un ‘bonus track’ hasta este punto de Galicia. La costumbre, para muchos peregrinos, ha sido -hasta ser prohibida- llegar hasta el cabo para quemar las ropas usadas durante la travesía e iniciar el trayecto de vuelta a casa. Otra era dejar los zapatos casi coom ofrenda o testimonio de la gesta. Ambas ya no se realizan, si bien durante nuestra visita nos pareció decubrir en algunos rincones, por lo menos, un par de zapatos desparejados y colocados de forma bastante discreta. La fuerza de la tradición, que se niega a desaparecer.

Y si el cabo, por historia y como accidente geográfico, tiene un valor evidente también lo hace el faro que en él se encuentra y que se erigió en 1853. Llega a iluminar hasta una distancia de más de 60 kilómetros de longitud, necesarios, especialmente en épocas no tan tecnológicas para moverse por esta parte de costas, tildadas muchas veces de «traicioneras» y que han sido final de muchas embarcaciones que han naufragado. El faro, éste sí, está considerado como el situado más al oeste del Viejo Continente (del cabo también se dice, si bien no lo es exactamente aunque sí uno de los más occidentales) y se ubica a unos 138 metros sobre el nivel del mar. Allí, por cierto, hay espacios de restauración y también para la compra de ‘souvenirs’. Nosotros nos llevamos un recuerdo de tan bonita experiencia.

De regreso -la ida y vuelta las hicimos en autobús desde Santiago, de una durada en ambos casos de unas dos horas, a las que añadir los 2,2 kilómetros a pie desde el pueblo de Fisterra (en gallego)-, hicimos una pequeña parada para descubrir al lado de la carretera el nuevo cementerio de esta localidad y que desde Turismo de Galicia destacan. Es obra del arquitecto César Portela y consta de varios cubos regulares de grandes dimensiones. Están en una de las laderas de la montaña y más o menos próximos al mar. También, de vuelta, nos dimos, ya lo habíamos visto a la ida, con una escultura sobre un pedestal y casi a escala natural de reconocimiento a los peregrinos.

En el pueblo, con el sol en lo alto (la llegada fue bajo un día gris y algo desapacible) nos fuimos a dar un paseo por su puerto pesquero, en general de pequeñas embarcaciones y uno de los mayores atractivos de este municipio que también muestra señales de haberse adaptado a los nuevos tiempos e incorporado a sus servicios propuestas para los visitantes que llegan atraídos por el Camino, sus leyendas y la fuerza de la naturaleza.

En nuestro caso, tampoco nos fuimos sin antes degustar algo de sus pescados. No podemos decir que fueran económicos pero sí muy, muy ricos. De hecho, uno de los platos, antes de echarle algo de limón, olía y sabía a mar. Ese poderoso elemento que ha marcado durante el paso de los siglos el carácter de sus gentes y que es seña de identidad del lugar y de esta ‘mágica’ región.

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