Escapadas / Catalunya

L’Ametlla de Mar, espíritu marinero y playas por doquier

Cerca de la zona del Delta de l’Ebre, L’Ametlla de Mar es un pueblo de unos 5.000 habitantes, pesquero, marinero, con encanto, que bien vale la visita si se está por esa parte del sur de Catalunya. En su web tienen información en inglés, alemán, francés y ruso (además de catalán y castellano), dando también por lo tanto buena muestra de otra de sus grandes dimensiones: la turística, y que encuentra su justificación no solo en este pueblo sino también en toda la sucesión de playas y calas cercanas, en muchos casos certificadas como de «calidad medioambiental».

Su historia, en cualquier caso, es difusa. Desde el municipio, hablan de núcleos de población en las partes más accesibles tanto para la pesca como para los navegantes y que se encontraban en las calas de Sant Jordi, de l’Ametlla o en la playa de la Almadrana. En algunos de esos lugares -caso, por ejemplo de Sant Jordi- hay restos de un antiguo castillo ergido en el siglo XIII por la antigua orden templario de Sant Jordi de Alfama y donde hoy se localiza un castillo construido durante la segunda mitad del s. XVIII, bajo el reinado de Carlos III, como torre de vigilancia de las rutas marítimas.

En la Cala de l’Ametlla, por su parte, se encontraba una torre artillada levantada en el siglo XVI y que fue destruida por los ingleses durante la Guerra del Francés. No es, no obstante, hasta el siglo XVIII que surge el actual municipio, por orden del monarca Carlos III y que hasta finales del siglo XIX (1891) estaba adscrito al pueblo del Perelló, del que se separó en aquellas fechas. Durante el siglo XX vivió cierto crecimiento hasta llegar a los 2.500 habitantes a comienzos de aquella centúria, gracias sobre todo a la pesca y actividades agrícolas así como a sucesos clave como el desarrollo durante el último tercio del XIX del ferrocarril.

La Guerra Civil y años siguientes, representaron un revés para el pueblo, que vió como perdía vecinos -muchos de ellos, hacia Palamós-, fenómeno que se extendió durante casi treinta años. En los sesenta, nuevos movimientos migratorios, pero en este caso de llegada a l’Ametlla de Mar, así como el incipiente auge del turismo les permitieron sumar habitantes hasta llegar al momento actual, donde es un pueblo que se mantiene estable.

Nosotros nos dimos una vuelta, sobre todo, por la zona del puerto para sorprendernos por la gran cantidad de barcas y también por la presencia en toda esa parte de una pequeña feria que durante aquellos días hacía las delicias entre los más pequeños. Volviendo, de todos modos a la parte marinera, descubrimos que L’Ametlla de Mar, cuyos habitantes se conocen como ‘caleros’, tiene la flota atunera más grande de Cataluña. Pesca que representa largos viajes y estancias en el mar.

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