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Marrakech encandila. Interesante, con historia y personalidad bien merece el viaje

La ciudad árabe de Marrakech tiene alma, magia y por eso la visitamos y es la protagonista de nuestro próximo monográfico en papel, en el que también viajamos por el interior de Marruecos hasta el desierto del Sahára o visitamos el Museo del Cine de Ourzazate haciendo un repaso a películas como Gladiator o Laurence de Arabia. Marruecos tiene una variedad de paisajes que van desde las montañas nevadas del Atlas al desierto pasando por escenas espectaculares y más propias de una película sobre Marte. Y de precio está bastante bien. Visita más que recomendable, a poder ser fuera de temporada para evitar grandes aglomeraciones de gente.

(Aquí os dejamos un adelanto del libro, que esperamos que os guste e interese y que se podrá comprar a través de esta web hacia finales de este año).


— Marrakech es ajetreo, actividad, calles laberínticas, estrechas y perdidas, gente, burros, coches, motos (muchas)… La ciudad o te encandila o te asusta. No vale ni deja espacio para el término medio. Entiéndase en este caso Marrakech como la parte más conocida y auténtica, la de la Medina, protegida por una muralla de color rosáceo (el característico de esta ciudad) de 19 kilómetros de perímetro y que permite el acceso por varias de sus puertas. En algunas de ellas, gente vendiendo comida, fruta a pie de calle, carne, carros atestados hasta decir basta, bocinas, suciedad, basura… Describen perfectamente la estampa que cualquiera puede encontrarse en alguna o muchas de las puertas que permiten la entrada a la medina de esta extraordinaria y vital ciudad, probablemente una de las que más nombre tiene de Marruecos sino la que más.

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Después de dejar las maletas en nuestro riad tras coger el avión a primera hora de la mañana y plantarnos tras apenas dos horas de vuelo y el pertinente cambio de hora (Marruecos va a una hora menos que en la Europa continental)  a las diez de la mañana y con un cansancio más que considerable, nos lanzamos a la aventura de recorrer sus interminables e imposibles zocos de venta comercial. Claudio, el propietario de este riad (casa típica árabe de aspecto destartalado por fuera e impoluta, pulcra y acogedora por dentro, con su característico patio interior y habitaciones alrededor) nos recomienda dejar el pasaporte en la habitación e ir con cuidado con las mochilas si las llevamos a la espalda. Este consejo también lo encontramos en nuestra guía de viajes (libro) que recomienda ir con cuidado con carteristas u otros indeseables. La realidad es que acabamos el viaje sin ningún susto en este sentido, si bien su consejo ya nos había puesto algo más en alerta y también venimos de una ciudad, Barcelona, donde en los últimos años desgraciadamente los hurtos a turistas y locales están a la orden del día.

Algo desorientados salimos a la calle con algunas indicaciones muy claras para meternos de lleno en el zoco y para, con algo de suerte, llegar hasta la plaza de Yamma el Fna. Al principio las imágenes de calles angostas, estrechas, irregulares, de obras, de ciudad decadente pero con magia, encanto, nos entusiasma. También nos da respeto. Las imágenes de las mujeres cubiertas de muchas formas y en distintos grados representan un choque al que rápidamente nos adaptaremos tanto durante esa jornada como durante el resto que durará nuestro viaje y que nos llevará a lugares extraordinarios como las Gargantas de Dades, Todrá o el inicio del desierto del Sáhara muy cerca ya de la frontera con Argelia.

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Volviendo a esta primera jornada en Marrakech, operarios trabajando en el somier de una cama a apenas unos pocos metros de nuestro alojamiento, hombres tras sus mostradores vendiendo de todo, también dulces (especialidad árabe y buenísimos, por cierto), diminutos talleres de motocicletas con piezas amontonadas unas sobre otras hasta llegar al techo, también locales de venta y reparación de vídeos o televisores que parecen de otra época… Una agencia de cambio (ojo porque los intereses cambian muchos según el establecimiento), alguna que otra pequeña plaza que se abre entre sus calles de reducidas dimensiones, montículos de arena, el andar cansino y trabajoso de un burro de aspecto mayor y mirada bondadosa… Todo esto antecede, en apenas unos pocos minutos, nuestra llegada al comienzo de una de las partes del zoco que más cerca nos quedan respecto a nuestro punto de salida. En este punto, topamos con los vendedores de carne. Nuevamente, el espacio de estas carnicerías es pequeño y muchas de sus piezas, ovejas enteras listas para la venta, penden de ganchos en plena calle. Cinco o seis locales se concentran en esta parte. Uno de ellos, muy amablemente, posa para una de nuestras fotos portando en una de sus manos un cuchillo que casi parece más un sable. (…)

(En próximas entregas complementaremos este artículo sobre nuestra experiencia en Marrakech así como sobre el viaje realizado por  el interior de Marruecos y que formará parte del libro en el que estamos trabajando y que podrá comprarse a través de nuestra web hacia finales de este año).


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