Hiroshima y Nagasaki, más de 70 años de un episodio que cambió la Historia

En 2015 se celebraron los 70 años de uno de los episodios más trágicos de la historia de Japón y de la Humanidad. Lanzadas a comienzos de agosto de 1945, las dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki causaron cientos de miles de muertos y heridos en unas pocas horas poniendo fin de forma abrupta y brutal a la Segunda Guerra Mundial.

Estados Unidos quiso acabar de forma rápida la guerra que aún seguía en islas del Pacifíco y Filipinas tras la rendición de Alemania. Aunque la derrota de Japón parecía clara y evidente existían dudas sobre cuándo y en qué condiciones. Los expertos apuntan a la voluntad de terminarla de forma drástica como la principal motivación en el uso de la fuerza nuclear (nunca utilizada antes ni después en un conflicto bélico) pero también se habla de otras razones como el objetivo de reducir el número de bajas entre soldados de ambos lados en los enfrentamientos que todavía seguían o el deseo de lanzar un mensaje contundente al bloque soviético sobre la fuerza de Estados Unidos en el escenario global posterior al final del conflicto. De hecho , en las décadas seguientes, se producirían choques entre ambas potencias de forma encubierta y mediante regímenes interpuestos en diversos puntos de Asia Pacífico.

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Guillermo Martínez Taverner, especialista de Casa Asia con el que hablamos sobre este triste aniversairo en el próximo número de “EV”, considera que ambas bombas supusieron “un punto de inflexión” en la historia de Japón, que perseguía tras la restauración Meiji convetirse en la gran potencia comercial y militar de la región.

Testigos de las bombas describen el escenario justo posterior a la explosión como un gran silencio y oscuridad. La temperatura en las zonas más cercanas al núcleo fueron de varios millares de grados. Las imágenes que relatan algunos de los supervivientes fueron “terribles”. Muchos de los heridos sufrieron vómitos o cansancio durante el resto de sus vidas.

Esta es la entrevista que mantuvimos con él y que publicamos en nuestro número 03 de “EV”.

Setenta años desde el lanzamiento de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, ¿cómo se interpretan aquellas acciones desde la distancia que da el tiempo?

Pienso que se trata de un punto de inflexión en la historia de Japón pero también desde una perspectiva global. Representa el fin del periodo que se conoce como el “Japón Meiji”, durante el cual el país deja de estar cerrado al exterior y quiere modernizarse convirtiéndose en un país rico con un ejército fuerte. Cosa que implica tener una economía industrializada pero también -como veían en otros países- seguir políticas colonialistas. Japón se suma, así, a seguir políticas imperiales y lo hace ya en 1895 con su victoria sobre China, en 1905 sobre Rusia, después llega en 1910 la ocupación de Corea y más tarde, en 1937, la segunda guerra sino-japonesa.

Entonces, todo este proceso de transformación tiene un punto de inflexión con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Esto rompe con todas sus ambiciones de convertirse en la potencia de Asia Pacífico, termina esa ilusión y cambia incluso la consideración sobre la figura del emperador, que se tenía por una especie de ‘semi-dios’ que estaba liderando todo este proceso. Su mensaje de radio de 1945 lo humaniza de cara al conjunto de la población y obliga a Japón a encontrar otras fórmulas para el futuro.

En cualquier caso, a lo largo de su historia, Japón se ha visto en muchas ocasiones obligada a reinventarse y es por esto que es tan fascinante. Tiene dos características, una la acabamos de comentar, y la otra es su capacidad de pasar de actitudes o emociones como el amor y la empatía a la desafección y la indiferencia de forma muy rápida.

Una de las razones que se arguyeron fue que era una forma disuasoria de acabar la guerra pero existen informaciones que se conocieron a posteriori que ponen en duda esos argumentos.

Sí, de hecho ya hubo antes del final de la guerra reuniones entre las potencias aliadas sobre cuál iba a ser el modelo de ocupación que se iba a implantar en Japón, con lo que parece evidente que los líderes de ese bloque tenían muy claro que acabaría rindiéndose. Otra cuestión, no obstante, era cuántas vidas de militares y civiles podía costar llegar a esa rendición. El argumento que utilizaron para lanzar las bombas era que representaba la forma más contundente y rápida de acabar con la guerra y evitar así muchas muertes en enfrentamientos de soldados norte-americanos, japoneses, población… en los distintos enfrentamientos que se estaban produciendo en Filipinas y en muchas de las pequeñas islas de esa parte del mundo o en el propio Japón. Fue apostar por una política de hechos consumados.

De todos modos, la realidad posterior, ese reparto entre el bloque comunista y las democracias capitalistas occidentales, demostró que la amenaza que se cernía sobre la frontera norte de Japón eran los soviéticos y la posibilidad que éstos fueran sumando estados afines a su bloque. Limitar su capacidad de influencia en la zona fue otro de los motivos por los que se optó por lanzar las bombas atómicas.

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Precisamente sobre este punto, hay incluso quien apunta que se trató también de una demostración de fuerza ante el nuevo escenario mundial que se presentaba tras el fin de la Segunda Guerra Mundial como mensaje al bloque soviético.

Efectivamente, si nos vamos a la realidad posterior a la Segunda Guerra Mundial encontramos un campo de batalla en Corea, que después acabaría dividida en dos. Japón, como aliada de Estados Unidos, sirvió como gran ‘portaviones’ desde el que actuar en aquella región. Y se demostró entonces clave y así ha seguido siéndolo hasta la actualidad.

Hablando del día concretamente en que se lanza la bomba sobre Hiroshima, los supervivientes describen un gran silencio primero y oscuridad. Y muchos fuegos que van apareciendo y propagándose por la ciudad.

Sí, sobre todo aquello como gran referencia el libro “Black rain”, de Itso Mashusi, o muchos diarios de personas que presenciaron todo aquello. Todos coinciden en esos puntos de gran oscuridad y silencio. Y de devastación. De hecho existe mucha literatura sobre todo aquello e incluso un género en sí mismo: el ‘gembaku-mukaku’ que puede traducirse como ‘literatura de la bomba atómica’, con muchos autores. También hablan de algún tipo de olor muy específico, vinculado a todo aquello.

También se relatan escenas y efectos sobre las personas verdaderamente “terribles”. En el núcleo se llegaron a temperaturas de hasta 6.000 grados. Murieron 100.000 personas y 100.000 más fueron heridas.

Si vas al museo de Hiroshima, que es bastante impactante y tiene un valor muy importante, te das cuenta como ellos, a través de ese museo tienen muy presente que están conservando una parte de la memoria global. Y es que en el fondo estamos hablando del máximo nivel de destrucción al que nos puede llevar la tecnología. El lanzamiento de las bombas es muy simbólico pero lo que sucede justamente después lo es todavía más. Y tiene un efecto sobre la cultura popular japonesa; a partir de entonces surgen muchas obras vinculadas a la devastación, al fin del mundo al que nos puede llevar la misma técnica. Aparecen visiones tremendistas, milenaristas… de la existencia humana.

Todo aquello sirve para recapacitar sobre el valor de la tecnología y Japón es un país intensivo en su uso pero aquél episodio les hace ser muy conscientes también de los efectos devastadores que puede tener.

Muchos de los supervivientes, conocidos como “hibakushas”, sufrieron vómitos, hemorragias, heridas que tardaban muchísimo más de lo normal en cicatrizar, se cansaban rápido, esterilidad: una enfermedad conocida como radiotoxemia.

Yo, sobre la enfermedad en sí, sólo conozco las características externas porque son las que vienen descritas en los diarios. Todos coinciden en señalar que las personas afectadas son inicialmente rechazadas por el resto de la sociedad y cómo, después, todo eso da un giro y son objeto de atenciones, ayudas, reparaciones…

Al poco de acabar la Segunda Guerra Mundial, la vuelta de los “retornados”, miles y miles de soldados que habían estado luchando por muchas partes de Asia, es muy tensa porque son representación de la derrota y de la humillación sufrida. Además, algunos habían cometido verdaderas atrocidades. Toda esa gente vuelve y se suma a un escenario de escasez de alimentos, mercado negro de todo tipo de cosas y los vicios sociales derivados de ello… Ahora, a partir de los años cincuenta, cuando termina la ocupación, aparecen oportunidades de trabajo… la gente se recupera rápido. Japón demuestra su capacidad de superar las adversidades.

La sociedad, ¿cómo reacciona? Porque se habla que en unos inicios se produce cierto rechazo hacia las víctimas, las personas afectadas por la radiación.

En un inicio se produce un rechazo y en un contexto de escasez. Pierden muchas de sus pertenencias, el propio país está devastado: la situación al principio es muy crítica. Pero también lo es, como comentábamos, para los soldados que vuelven porque son tratados como culpables y responsables de la humillación de Japón.

Se trata a los soldados como si fueran un estrato a parte del conjunto de la sociedad.

Se les culpabiliza de haber llevado al país a ese nivel: a la Guerra, a la ocupación, al lanzamiento de las bombas atómicas. Pero es un poco también lo que pasa en Alemania después de la Guerra, cuando parece que nadie formaba parte del sistema nazi.

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Muchos otros tenían que buscar trabajos que exigieran poco esfuerzo físico porque se cansaban rápido o necesitaban más días de reposo.

No conozco muy a fondo las secuelas pero sería interesante saber cómo viven entonces todo el proceso de industrialización en los años cincuenta, la fase dorada del crecimiento de Japón con promedios sobre el 7,8% del PIB anuales en los sesenta y setenta…

Surgieron también iniciativas como “las doncellas de la bomba A”, mujeres desfiguradas y con graves secuelas que fueron tratadas en Estados Unidos. ¿Cuál fue, precisamente, el sentimiento hacia los norteamericanos?

La clave es entender cuál es la relación que se establece con Estados Unidos. Ocupa el país, descabeza todas las élites pero recupera parte de las oligarquías, representantes de grandes empresas, políticos…  Y pronto devuelven la soberanía al país y se produce un fuerte intercambio comercial entre ambos países. Aparece una relación diferente entre ambos, en la que también Japón asume parte de responsabilidad en todo lo sucedido. Esto queda muy bien expresado en lo que se conoce como la “doctrina Yoshida” por la que Japón se centra en el crecimiento económico y deja la defensa y política internacional en manos de Estados Unidos. Los norteamericanos se convierten en una especie de ‘amigos necesarios’.

¿Cuándo se establece y aplica esta doctrina, dado que la herida surgida de las bombas atómicas tenía que ser muy profunda?

Pues es rápido, se aplica ya a mediados de los años cincuenta y tiene mucho éxito de forma inmediata, siguiéndose durante mucho tiempo.

¿Existe, entre la población, resentimiento hacia USA?

No fueron percibidos como los principales culpables y el crecimiento económico posterior permitió dejar un poco de lado todo lo que ocurrió.  El paradigma para Japón en muchos sentidos fue Estados Unidos.

Antes hablaba de la figura del emperador, ¿cómo se percibía en aquella época, en los años cuarenta, y cómo evoluciona su percepción social?

Hay que partir de la base que se trata de una figura muy polémica. Su implicación en la escalada militarista del país no está clara ya que existen partidarios y detractores en un sentido u otro pero lo que sí parece claro es que era considerado como una divinidad. Y esto sirvió en aquella época para tratar de legitimar determinadas decisiones avaladas por quien ellos consideraban como una especie de ‘dios viviente’. Al acabar la guerra se humaniza su figura y se convierte en una institución simbólica de la unidad nacional y la capacidad de recuperación de Japón, que es lo que representa hoy. En la actualidad se le sigue teniendo mucho respeto.

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