El Parque de las Naciones (Lisboa): de zona degradada a una de las más modernas en la actualidad

En Lisboa, a comienzos de los noventa, la zona que hoy ocupa el Parque de las Naciones era una de las más degradadas de la ciudad. Albergaba espacios como vertederos industriales o de material sanitario o zonas de almacenaje de contenedores de barcos. Se ubicaba además una refinería para petroleros y pasaba por contar con la desembocadura de uno de los ríos más contaminados de Europa. La Exposición Universal celebrada en 1998 con motivo del 500 aniversario de la llegada del explorador Vasco de Gama a India cambió las cosas. Se desarrollaron proyectos ambiciosos y muy modernos que cambiaron su fisonomía y que en muy buena medida siguen en funcionamiento casi dos décadas más tarde. Además, construyeron el puente más largo del viejo continente, llamado en honor al explorador y que supera en total los 17 kilómetros (la mayoría sobre las aguas del río Tajo).

(A continuación reproducimos un fragmento del artículo que publicamos en el número 08 de la revista “EV”, monográfico sobre Lisboa).

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Si muchas de las zonas de Lisboa destacan, encandilan, por su encanto, su historia, su pasado y sus gentes, el Parque de las Naciones representa una ruptura, un cambio, la entrada de la capital portuguesa de lleno en el siglo XXI con un urbanismo, calles, plazas, edificios y equipamientos futuristas, funcionales, modernos y elegantes.

Pero no todo era así en esta parte de Lisboa apenas tres décadas atrás. Desde los años cincuenta del pasado siglo esta zona era una de las más degradadas de la ciudad, pobre, humilde, sucia, dejada, donde se ubicaban construcciones como una de las principales refinerías del país –con lo que representa tanto de contaminación como de estructuras de tubos y ramificaciones varias-, un puerto para petroleros pero también un basurero para deshechos sanitarios, otro para armamento y elementos militares, o un espacio de almacenamiento de contenedores para barcos. De hecho, en esta zona desembocaba por entonces uno de los ríos que tenía el dudoso honor de ser uno de los más contaminados de Europa.
Las cosas, el panorama, cambiaron con la entrada de la ciudad lusa en los años 90. En 1992 España enseñó el camino a seguir con la organización de la Exposición Universal de Sevilla, coincidiendo además –no de forma fortuita- con el 500 aniversario del descubrimiento de América. Algunos años más tarde Portugal también podía celebrar otro hito histórico de gran magnitud y trascendencia como fue, nuevamente, otro 500 aniversario pero en este caso de la llegada de las carabelas del explorador Vasco da Gama a India, estableciendo una nueva ruta bordeando el continente africano. Así que existía una gran razón para una celebración de primer orden que fijara la atención mundial sobre Lisboa.

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En 1994 se consiguió, para reforzar todo esto, que la Asamblea General de Naciones Unidas declarara 1998 como el “Año Internacional de los Océanos”. Ese fue el eje que guiaría la organización de la Exposición Universal que se celebró entre mayo y septiembre de 1998 y que fue la última de esas características del siglo XX.
Lisboa, como también habían hecho otras ciudades en el pasado –caso por ejemplo de Barcelona con los Juegos Olímpicos de 1992- aprovechó dicho compromiso para acometer la reforma en profundidad de esta parte de la ciudad donde hoy se encuentra el Parque de las Naciones y que alberga algunos equipamientos de gran belleza, modernos, estéticos y también muy funcionales para la ciudad. De hecho, de todo lo construido para la Exposición, más de un 70% sigue en funcionamiento hoy en día al servicio de los ciudadanos, instituciones y empresas con finalidades muy diversas: lúdicas, culturales, de compras, etc.

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Una de las instalaciones más llamativas al acercase a esta parte de la ciudad es la Estación de Oriente (“Gare do Oriente”), obra del arquitecto español Santiago Calatrava, que lejos de querer diseñar una estructura que pudiera ser concebida o actuar como barrera entre la ciudad y el río Tajo, a su espalda, creó una estación multimodal que sirviera como estación de metro, tren y autobuses, de forma que todos compartieran un espacio común pero que no fuera un equipamiento de dimensiones exageradas que funcionara como obstáculo objetivo o subjetivo que separara esta parte de la ciudad del conjunto. Su diseño desde un punto de vista estético es fácilmente reconocible y atribuible a este autor que a posteriori ha realizado construcciones de características similares –por ejemplo, la “Ciutat de les Arts i les Ciències”, en Valencia-. Con predominio de las líneas curvas, colores claros, uso de transparencias, columnas y bóvedas, la estación en su globalidad es espectacular. Y lo mejor es que armoniza con el conjunto. Hay un sentido unitario en el que todo se relaciona de forma natural.

(Puede leerse todo el artículo en la versión en papel de la revista “EV”, de venta en el Fnac de Plaza Cataluña en Barcelona. O solicitar un ejemplar por correo a revistaev@gmail.com)

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