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Ya a la venta el nº 08, monográfico de viajes sobre Lisboa

Ya ha salido (disponible en el Fnac de Plaza Catalunya) el número 08 de EV, dedicado de forma monográfica a la ciudad de Lisboa. Una urbe muy de moda en los últimos años que no obstante se ha visto (como todo el país) duramente sacudida por la fuerte crisis económica de la última década pero que parece que empieza a sacar la cabeza. Lo cierto es que Lisboa es una ciudad relativamente pequeña pero con mucho encanto y con una historia poderosa y bastante brillante (con sus sombras, por supuesto), especialmente relevante durante los siglos XV y XVI cuando fue una gran potencia comercial y marítima con exploradores reconocidos como Vasco da Gama, entre muchos otros.

Torre Vasco de Gama

Barrios como Alfama o Belém o espacios como el Castillo de San Jorge son espectaculares y con mucha personalidad. Además también hacemos un par de escapadas a lugares como Estoril o al ecléctico y muy original Palacio da Pena, en Sintra. El pescado, fresco, es asequible, bien cocinado y muy sabroso. Y por supuesto, no podía faltar el paseo en uno de sus tranvías: el de la línea 28 es el más conocido, popular y muy recomendable. Entre sus figuras literarias, repasamos la obra del que es uno de sus escritores más destacados, premio Nobel de Literatura, José Saramago, hecho a sí mismo y constructor de un universo muy suyo. Es actual e interesante. Esperamos que os guste.

Monasterio de los Jerónimos
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Catedral de Sé, en el barrio de Alfama (Lisboa)
Interior de la fortaleza de Cascais, cerca del área del puerto y la playa
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Imagen de la playa de Estoril, escarpada, con el Océano Atlántico
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Escena al atardecer, en el Castillo de San Jorge (Lisboa)
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Estoril, mucho más que lujo o un gran casino

Estoril, cerca de Lisboa, es un destino de playa ideal para el verano. Durante el siglo XX se hizo famoso como balneario y lugar de reposo de gente adinerada. Fruto de ello prosperaron hoteles y, más tarde, campos de golf o un gran casino. Pero lo cierto es que Estoril es mucho más que eso. Tiene unas playas escarpadas espectaculares y unos rompeolas que son lugar habitual de juego de adolescentes de orígenes y condiciones diversos. Apetece, la verdad, sumarse a sus risas y relajación y, por qué no, atreverse a lanzarse desde cierta altura a las bravas aguas – cuando el sol aprieta- del Atlántico.

(A continuación os ofrecemos un extracto del artículo que publicamos en el número 08 de “EV” en papel dedicado como monográfico a la capital lusa).

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Vista de la playa de Estoril, desde la salida de uno de los pasos subterráneos que da acceso

Para muchos Estoril es sinónimo de lujo, de grandes villas y residencias fastuosas. Abundan los hoteles, campos de golf y, según la opinión de muchos, su gran casino es el verdadero centro de esta localidad de poco más de 26.000 habitantes. Se encuentra en la falda de la Sierra de Sintra, de clima nuevamente templado y con unas playas, escarpadas, domadas por acción del hombre, pero que mantienen mucho de su sabor primigenio, agitado, convulso, algo salvaje. Contrastan las imágenes de personas relajadas sobre hamacas bajo enormes parasoles con las idas y venidas de niños y adolescentes de edades y condiciones diversas sobre algunos de sus rompeolas, jugando y retándose entre sí para lanzarse (o no) desde un par de metros de altura sobre las aguas del océano. Predominan las risas, la despreocupación, la ligereza. Apetece sumarse a este ambiente.

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Rompeolas, donde decenas de adolescentes juegan y se retan para ver quién salta al agua

Un poco más adelante, las olas y la naturaleza forman pequeñas piscinas ocupadas por hombres y mujeres que quieren disfrutar de las peculiaridades de estas aguas descritas como “hipersalinas”. De hecho, Estoril, tiempo atrás también fue conocida por sus balnearios. Sobre una de sus playas, en la de Tamariz, sobresale un chalé que es particular, privado, pero que tiene el aspecto de una antigua fortaleza y que no es fácil confundir u otorgarle categoría monumental. Esta es una de sus construcciones llamativas; otras son dos de los museos que pueden visitarse y de signos muy distintos.

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Imagen de la playa de Estoril, escarpada, con el Océano Atlántico

El primero es el “Museu da Música Portuguesa”, que como indica su nombre está enfocado al mundo de la música. Aglutina el trabajo del musicólogo de origen corso, Michel Giacometti, que dedicó buena parte de su vida a recoger las distintas representaciones más características de la tradición musical portuguesa. También hace un repaso a la obra de uno de los compositores lusos más importantes del siglo XX como fue Fernando Lopes-Graça. El otro museo es el “Museu dos Exilios” que, sobre todo a través de la fotografía, representa un compendio de infinidad de testimonios de exiliados a causa de los efectos de la Segunda Guerra Mundial y que acabaron desarrollando sus vidas en esta parte de Portugal.


Ya a la venta el número 08 de “EV”, monográfico de viajes sobre Lisboa


 

Cascais, un sitio de playa con una imponente ciudadela

Cascais, situada a unos treinta kilómetros de Lisboa, es coqueta, agradable, amable, pensada en buena medida para los visitantes. El turismo se nota que se ha convertido en una de su grandes fuentes de ingresos pero tampoco renuncia a su pasado y naturaleza como puerto marítimo. La playa, a la que se llega en una caminata de apenas diez minutos, es pequeña y en verano, está rebosante de gente. Pasada esa primera línea, el horizonte se llena de barcas, muchas de reducidas dimensiones, recordando y poniendo de manifiesto precisamente que mantiene su esencia como lugar de pesca. Al fondo del paseo destaca su Ciudadela, con unas vistas espectaculares desde una de sus torres y que en su interior alberga espacios artísticos que conviven con alojamientos de categoría.

(A continuación, reproducimos un fragmento del texto que publicamos en el número 8 de “EV”, dedicado a Lisboa y localidades como ésta).

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El viaje empieza por Cascais, donde al poco de salir de la estación uno ya se encuentra de lleno en su centro de compras y restauración, con locales y comercios de todo tipo y perfectamente adaptados a las necesidades o requisitos del viajero. Un café en cualquiera de sus establecimientos es una buena forma de espabilarse para una jornada, tanto en esta localidad como en Estoril, agradable y llena de estímulos. En Cascais el recorrido por esta zona de la ciudad lleva de forma casi natural, intuitiva y muy lógica hacia su playa. Una playa y un pueblo que originariamente era sobre todo de pescadores y que aún sigue manteniendo, pese a muchas de sus modificaciones a resultas de convertirse en un destino turístico de costa de gran importancia.

Su historia, en cualquier caso, se remonta al Neolítico, época de la que ya hay documentación de asentamientos en esta parte de la geografía de Portugal, como atestigua una excavación y pequeño espacio museístico en la misma oficina de turismo. En el siglo XII fue conquistada a los árabes por Dom Alfonso Henriques y anexionada a ese primer reino luso. Varios siglos después este pueblo vería con estupor y preocupación el desembarco de las tropas del duque de Alba que haría tomar pie a sus soldados para desde aquí dirigirse a la cercana Lisboa y acabar por anexionarla a los territorios de Felipe II. Varios siglos después y ya como parte del reino independiente de Portugal, Cascais sería otra de las muchas víctimas de los terribles destrozos ocasionados por el terremoto de 1755, que también tuvo un tremendo impacto sobre la capital, Lisboa, y muy especialmente sobre su centro urbano, agravado después por un devastador incendio.

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En Cascais hoy sus cuidadas calles y plazas no evidencian en ningún caso los estragos de aquel triste episodio muy recordado de su historia. Todo presenta un aspecto muy digno, bello incluso, entre sus callejuelas laberínticas, de casas bajas y predilección por el blanco y tonalidades suaves. De entre los edificios o monumentos a subrayar -y antes de entrar en su Ciudadela, llamativa y dominante al final del paseo marítimo-, cabe destacar dos iglesias: la primera es la de “Nossa Senhora da Assunçao”, original del siglo XVII y reconstruida a comienzos del XX, que vale la pena visitar por sus azulejos y rica decoración interior. La otra es la Iglesia de “Nossa Senhora dos Navegantes”, ubicada ya muy cerca de la playa, modesta, también del siglo XVII, de estilo barroco y de planta octogonal.

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Una vez en el paseo, de frente, se encuentra la playa, de modestas dimensiones aunque muy llena de vida; gente abundante que disfruta del buen tiempo, algo más templado y moderado que el de Lisboa, donde convergen las fuerzas del Tajo con las del Atlántico. En Cascais, el horizonte está lleno de embarcaciones; muchas, de pequeñas dimensiones, pesqueras, poniendo de relieve el todavía presente carácter marinero de esta población de cerca de 35.000 habitantes. A lo lejos –aunque no tanto, es un paseo de unos diez minutos- destaca la Ciudadela, una fortaleza imponente, visitable, que en su momento representaba el primer punto defensivo dentro de la cadena de construcciones erigidas por Portugal a lo largo de la costa y cerca de Lisboa para protegerse de cualquier posible ataque, habitual durante buena parte de su historia. Domina toda esta zona de costa y preserva algunos de los muros erigidos en su momento por el rey Dom Joao II durante las primeras décadas del siglo XVI.

_DSC3597La portada de acceso, de estilo italiano, es monumental. Puede visitarse tanto el interior de la fortaleza como una de sus torres. Desde una de ellas, la más próxima al paseo y al mar, se goza de unas vistas amplias sobre el conjunto de esta zona y de esta parte de la costa. De entre sus niveles y estancias cabe subrayar especialmente las primeras, sobre las que todavía se está trabajando pero que permiten recrear los años de máxima actividad de este recinto defensivo. Hoy en el interior de la fortaleza conviven espacios artísticos y galerías con alojamientos turísticos de categoría.

 

El Parque de las Naciones (Lisboa): de zona degradada a una de las más modernas en la actualidad

En Lisboa, a comienzos de los noventa, la zona que hoy ocupa el Parque de las Naciones era una de las más degradadas de la ciudad. Albergaba espacios como vertederos industriales o de material sanitario o zonas de almacenaje de contenedores de barcos. Se ubicaba además una refinería para petroleros y pasaba por contar con la desembocadura de uno de los ríos más contaminados de Europa. La Exposición Universal celebrada en 1998 con motivo del 500 aniversario de la llegada del explorador Vasco de Gama a India cambió las cosas. Se desarrollaron proyectos ambiciosos y muy modernos que cambiaron su fisonomía y que en muy buena medida siguen en funcionamiento casi dos décadas más tarde. Además, construyeron el puente más largo del viejo continente, llamado en honor al explorador y que supera en total los 17 kilómetros (la mayoría sobre las aguas del río Tajo).

(A continuación reproducimos un fragmento del artículo que publicamos en el número 08 de la revista “EV”, monográfico sobre Lisboa).

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Si muchas de las zonas de Lisboa destacan, encandilan, por su encanto, su historia, su pasado y sus gentes, el Parque de las Naciones representa una ruptura, un cambio, la entrada de la capital portuguesa de lleno en el siglo XXI con un urbanismo, calles, plazas, edificios y equipamientos futuristas, funcionales, modernos y elegantes.

Pero no todo era así en esta parte de Lisboa apenas tres décadas atrás. Desde los años cincuenta del pasado siglo esta zona era una de las más degradadas de la ciudad, pobre, humilde, sucia, dejada, donde se ubicaban construcciones como una de las principales refinerías del país –con lo que representa tanto de contaminación como de estructuras de tubos y ramificaciones varias-, un puerto para petroleros pero también un basurero para deshechos sanitarios, otro para armamento y elementos militares, o un espacio de almacenamiento de contenedores para barcos. De hecho, en esta zona desembocaba por entonces uno de los ríos que tenía el dudoso honor de ser uno de los más contaminados de Europa.
Las cosas, el panorama, cambiaron con la entrada de la ciudad lusa en los años 90. En 1992 España enseñó el camino a seguir con la organización de la Exposición Universal de Sevilla, coincidiendo además –no de forma fortuita- con el 500 aniversario del descubrimiento de América. Algunos años más tarde Portugal también podía celebrar otro hito histórico de gran magnitud y trascendencia como fue, nuevamente, otro 500 aniversario pero en este caso de la llegada de las carabelas del explorador Vasco da Gama a India, estableciendo una nueva ruta bordeando el continente africano. Así que existía una gran razón para una celebración de primer orden que fijara la atención mundial sobre Lisboa.

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En 1994 se consiguió, para reforzar todo esto, que la Asamblea General de Naciones Unidas declarara 1998 como el “Año Internacional de los Océanos”. Ese fue el eje que guiaría la organización de la Exposición Universal que se celebró entre mayo y septiembre de 1998 y que fue la última de esas características del siglo XX.
Lisboa, como también habían hecho otras ciudades en el pasado –caso por ejemplo de Barcelona con los Juegos Olímpicos de 1992- aprovechó dicho compromiso para acometer la reforma en profundidad de esta parte de la ciudad donde hoy se encuentra el Parque de las Naciones y que alberga algunos equipamientos de gran belleza, modernos, estéticos y también muy funcionales para la ciudad. De hecho, de todo lo construido para la Exposición, más de un 70% sigue en funcionamiento hoy en día al servicio de los ciudadanos, instituciones y empresas con finalidades muy diversas: lúdicas, culturales, de compras, etc.

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Una de las instalaciones más llamativas al acercase a esta parte de la ciudad es la Estación de Oriente (“Gare do Oriente”), obra del arquitecto español Santiago Calatrava, que lejos de querer diseñar una estructura que pudiera ser concebida o actuar como barrera entre la ciudad y el río Tajo, a su espalda, creó una estación multimodal que sirviera como estación de metro, tren y autobuses, de forma que todos compartieran un espacio común pero que no fuera un equipamiento de dimensiones exageradas que funcionara como obstáculo objetivo o subjetivo que separara esta parte de la ciudad del conjunto. Su diseño desde un punto de vista estético es fácilmente reconocible y atribuible a este autor que a posteriori ha realizado construcciones de características similares –por ejemplo, la “Ciutat de les Arts i les Ciències”, en Valencia-. Con predominio de las líneas curvas, colores claros, uso de transparencias, columnas y bóvedas, la estación en su globalidad es espectacular. Y lo mejor es que armoniza con el conjunto. Hay un sentido unitario en el que todo se relaciona de forma natural.

(Puede leerse todo el artículo en la versión en papel de la revista “EV”, de venta en el Fnac de Plaza Cataluña en Barcelona. O solicitar un ejemplar por correo a revistaev@gmail.com)

Belém, la zona con más encanto de Lisboa

Situada en la parte oriental de la capital lusa, Belém es la zona más bonita de Lisboa (o por lo menos es la impresión que nos causó). Concentra dos espacios considerados por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, como son el Monasterio de los Jerónimos y la Torre de Belém, y otros monumentos interesantes como el “Padrao a los Descubridores” o museos como el marítimo o la Fundación Berardo. No está lejos del centro, se llega en unos 30 minutos de tranvía y permite la posibilidad de degustar sus famosos “pastéis” (crujientes, rellenos de crema y deliciosos). Ofrece, por lo tanto, una combinación de lugares atractiva e interesante que retrotrae mucho a la época dorada de Portugal durante los siglos XV y XVI cuando exploradores como Vasco de Gama descubrieron nuevas rutas que conectaban con India, China o sudamérica (con Brasil, sobre todo). También establecieron enclaves en África occidental. Todo, desgraciadamente, con su lado más oscuro como fue la esclavitud, desarrollada no solo por Portugal sinó también por Inglaterra o Las Provincias Unidas de forma masiva.

(A continuación reproducimos un extracto del artículo que publicamos en el número 08 de EV dedicado a Lisboa. Este fragmento trata sobre el Monasterio de los Jerónimos).

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Verdaderamente espectacular, uno de sus muros se extiende, de piedra gris, por uno de los laterales del monasterio y colindante a la Iglesia de Santa María de Belém, construida cuarenta años antes que el monasterio por obra del rey Dom Manuel I para la orden del mismo nombre. La iglesia inicialmente se construyó para dar servicio a la ingente cantidad de personas, sobre todo marineros, que llegaban y partían de esta zona, por entonces de gran actividad mercantil. De ahí la relación de toda esta parte de Lisboa con la época de los Descubrimientos y que también se quiso reflejar muchos siglos más tarde con la ubicación del “Padrao a los Descubrimientos”, en 1960.

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Volviendo al Monasterio e iglesia representan un extraordinario ejemplo de arte manuelino, un estilo muy propio portugués que debe su nombre al monarca que por entonces (s. XVI) estaba al frente del reino y que atesora todas las características del arte gótico tardío, al que suma motivos de inspiración marinera (cuerdas, anclas, esferas…) y elementos exóticos, como frutas o animales propios de latitudes orientales. El monasterio, especialmente en la parte del claustro, tanto en su planta inferior como superior, ofrece un espectáculo ornamental propio de este estilo, lleno de detalles y de columnas que se retuercen sobre sí mismas, dominado por los colores ocres de la piedra de sus paredes y que rodea el patio central dividido por dos paseos que dibujan sendas diagonales desde sus esquinas. Pueden observarse gárgolas, hojas, nudos, plantas de piedra pero también símbolos de la época como el astrolabio esférico o la cruz de la orden militar.

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El claustro fue obra de tres autores, que se sucedieron al frente de su construcción entre 1502 y 1521. En la planta baja destaca la sala capitular, junto a la sacristía, donde desde el siglo XIX se encuentra el sepulcro del historiador Alexandre Herculano. En esta misma planta pero en la zona norte están depositadas desde tiempo muy posterior, las cenizas de otra gran figura del mundo de la cultura y el arte portugués como fue Fernando Pessoa. Las cuatro alas de cada una de las dos plantas tienen aproximadamente unos 55 metros cuadrados.

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En la parte superior, desde una de sus puertas conecta con la parte del coro de la Iglesia, con unas vistas sobre la misma excepcionales. La estampa de sus ocho pilares octogonales, con sus nervaduras -que recuerdan a unas palmeras- levantándose hasta las bóvedas que rematan sus tres naves de igual tamaño, conforman un espacio de gran amplitud y luminosidad. La bóveda del transepto tiene 25 metros de altura. En la parte inferior vuelven a encontrarse las sepulturas de personajes de gran trascendencia en la historia del país como son las del marinero y gran descubridor Vasco da Gama y la del escritor Luís de Camoes. En las paredes laterales de la capilla mayor se observan los sarcófagos de los reyes Dom Manuel I y Dona María, y de Dom Joao III y Dona Catalina, todos ellos de mármol y soportados por elefantes.
El monasterio, que fue fundado en 1501, funcionó como tal hasta 1833, año en el que se disolvió la orden y empezó a utilizarse como escuela y orfanato hasta 1940. En 1983 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

 

Alfama y el Castillo de San Jorge, origen de Lisboa

Parece que los primeros castros se establecieron en esta zona de Lisboa, en la parte del actual barrio de Alfama, Graça y el Castillo de San Jorge, en lo alto de una de las colinas de la capital portuguesa. Por allí pasaron muchas civilizaciones com fenicios, visigodos, romanos, musulmanes… Hasta la reconquista cristiana de Alfonso Henriques en 1147, que dio lugar a la creación por primera vez del reino de Portugal. Las vistas desde el Castillo sobre la ciudad y sobre el estuario del Tajo con el Atlántico son espectaculares. El Castillo en sí mismo está en buenas condiciones pero destaca sobre todo por su papel histórico -alojó durante varios siglos a la Corte y monarquía lusa- y por su emplezamiento privilegiado. Alfama, el barrio, de calles empinadas, adoquines, plazas, rezuma un aire especial. Es una de las zonas más interesantes de Lisboa.

(A continuación publicamos un fragmento del artículo sobre esta zona de Lisboa que se incluye en el número 08 de “EV”).

_DSC2590Origen del primer castro celta ubicado en esta parte de Portugal, en estos barrios de Lisboa se nota la impronta dejada por la presencia árabe anterior a la reconquista del siglo XII a través de sus callejuelas irregulares y laberínticas propias de la “alcazaba” (ciudadela), que posteriormente mezcló con la reconstrucción cristiana y la presencia de palacios y residencias aristocráticas que, tras trasladarse en el siglo XVI, dejaron paso al bullicio y cambio de fisonomía caracterizado por la vida de marineros y gentes trabajadoras.

Coronando la colina, el Castillo de San Jorge (“Castelo de Sao Jorge”) se erige en el punto más alto de la ciudad, ofreciendo unas vistas increíbles y espectaculares sobre el estuario del Tajo. Al fondo puede verse la silueta recortada de dos símbolos de la ciudad: uno es el Puente 25 de Abril, que recuerda muchísimo al Golden Gate de San Francisco. Y el otro, el Santo Cristo, situado al otro lado del río que, con sus 110 metros de altura, es un claro homenaje al Cristo Redentor de Río de Janeiro. Construido a finales de los años cincuenta del siglo XX, Lisboa (y Portugal) lo levantaron para dar gracias a Dios por haberse librado de participar o verse implicada en la Segunda Guerra Mundial. Al atardecer, desde esta parte del castillo y ya con una ligera brisa soplando, la luz es perfecta para disfrutar de estas extraordinarias panorámicas sobre el centro urbano de la capital lusa.
En este castillo y sus alrededores se concentra gran parte de la historia de esta ciudad.

De hecho, en toda esta zona se ubicó el antiguo castro celta de sus primeros pobladores sobre el siglo VII a.C. Después llegarían las tropas romanas, que darían nombre a este puerto comercial como “Olisipo” en 130 a.C. y que vería pasar décadas más tarde por sus primitivas calles a las legiones de Julio César. En aquel entonces este enclave ya jugaba un papel destacado en aquella antigua Lusitania. La ciudadela y castillo serían también ocupados por tropas visigodas que permanecerían en la ciudad tres siglos. A partir del siglo VIII cayó bajo el poder musulmán, como capital de la región de Belata y pasó a llamarse “Lissabona”. Se mantuvo así hasta ser liberada por el primer rey de Portugal, Alfonso Henriques, en 1147.

_DSC2655Con Alfonso Henriques, la fortaleza, que había sido construida por los romanos y que había sido núcleo de la “alcazaba” (recinto fortificado dentro de una población amurallada) musulmana, se convirtió en centro de poder del reino de Portugal, dando a sus calles y edificios un aire entre palaciego y castrense. De este modo, durante varios siglos buena parte tanto de la realeza como de la aristocracia se estableció en esta zona de la ciudad hasta trasladarse, fruto de los descubrimientos transoceánicos de finales del siglo XV y durante el XVI, a una localización más próxima al mar. El palacio real, ubicado durante los siglos posteriores a la reconquista y conocido como “Palacio de la Alcazaba”, vio como bajo el poder del monarca Manuel I, se mudaba a un edificio de nueva creación, el “Paço da Ribeira”, junto al Tajo. Tiempo atrás, en el siglo XIV, el castillo había pasado a llamarse de San Jorge por la mujer del monarca, Filipa de Lancaster, de origen inglés y como reconocimiento a ese santo, de gran ascendencia en las islas británicas.

El traslado de la monarquía y la corte sumió a la fortaleza y esta zona en un periodo de cierta decadencia que más o menos se mantuvo durante los siglos siguientes. En el siglo XVIII, el Castillo albergó, por decisión del intendente general de policía, una Casa Pía para huérfanos y vagabundos. Por entonces, también se vio muy afectado por los efectos del terremoto de 1755. Décadas más tarde fue ocupado, a comienzos del s. XIX, por las tropas napoleónicas y no fue hasta los años treinta del siglo XX que se empezó una notable reconstrucción del complejo.

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Hoy el castillo sirve como recordatorio de todo aquel pasado, con una escultura a Alfonso Henriques, levantada en 1947, y la conservación de parte de sus murallas y torres de defensa (…)

Lisboa se vio terriblemente afectada por un terremoto en 1755

En el próximo número de “EV” hacemos un monográfico sobre la capital portuguesa, Lisboa. Fue una sorpresa para nosotros descubrir una ciudad verdaderamente bella, con mucho encanto, que además está de ‘moda’ -ha llegado también el problema del turismo- pero con un centro que se vio muy afectado por un terrible terremoto en 1755 y que exigió de una profunda reforma, también a consecuencia de un gravísimo incendio que se extendió por buena parte de esta zona de la ciudad.

(A continuación reproducimos un fragmento del artículo dedicado a esta parte de la ciudad)

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El centro histórico de Lisboa está muy marcado por los terribles efectos del terremoto del Día de Todos los Santos de 1755 cuando un seísmo sacudió sus calles provocando graves desperfectos, seguido de un gran incendio que se propagó rápidamente.

Se calcula que un tercio de la población de la ciudad que por entonces tenía cerca de 270.000 habitantes perdió la vida y los daños materiales fueron devastadores. Los trabajos de reconstrucción bajo el reinado de Dom José I fueron a cargo sobre todo de su primer ministro, Sebastiao de Melo, más conocido como el marqués de Pombal que, bajo la premisa de “primero enterrar a los muertos y curar a los vivos”, puso en marcha de forma inmediata un plan urbanístico para paliar sus estragos, junto a ingenieros y arquitectos públicos como Eugenio dos Santos y Manuel de Maia. Dicho plan se caracterizó por ajustarse a premisas de tipo funcional tanto en el trazado de las calles como de las plazas, así como en el uso de materiales simples en las edificaciones o la práctica ausencia de elementos decorativos. Todo ello se conoce bajo el nombre de “estilo pombalino”, asociado de forma evidente a la sobriedad y que introdujo a Lisboa en la era moderna.

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Praça do Comércio
Muestra de este estilo y de los intensos esfuerzos de reconstrucción es la “Praça do Comércio”, en el estuario del Tajo con el Atlántico, en la parte sur de la ciudad y que representa la puerta marítima a la ciudad. Lugar de visita obligada, siempre está llena de gente y es fácil encontrarse con el frecuente traqueteo de los populares tranvías lisboetas. Su diseño actual data de 1758, alzándose donde antes se encontraba el “Terreiro do Paço”. Esta plaza consta de un dibujo sencillo, con un recinto de arcadas con dos torreones en los extremos y un gran arco de triunfo en la parte central, que da acceso a la “Rua Augusta”. Se conoce como el “Arco de Vitória” y destaca por estar coronado por figuras alegóricas que representan “la Gloria”, “el Valor” y “el Genio”. Sobre ellas se alzan las estatuas de varios personajes ilustres, entre los que se cuentan Vasco da Gama o el propio Pombal. En el centro de la plaza hay una escultura ecuestre en homenaje al rey que lideró la reconstrucción, José I, de 14 metros, hecha en bronce y que se inauguró en 1775. Se erigió en el lugar donde antes del terremoto se ubicaba una antigua efigie en honor al dios Apolo.

Elevador de Santa Justa
No muy lejos de allí, se encuentra otro de los grandes elementos para conocer: el “Elevador de Santa Justa”. Obra de un discípulo de Gustave Eiffel, Raúl Mesnier, es una estructura en hierro forjado que representa el único ascensor callejero de la ciudad y que permite, después de la preceptiva cola (en temporada alta, larga y que algunas guías desaconsejan) disfrutar de unas amplias vistas de 360 grados sobre el sky-line de Lisboa. Si, por el contrario, se opta por buscar una fórmula alternativa, pueden observarse unas vistas muy parecidas desde otro punto de la ciudad, cercano, situado cerca del “Convento do Carmo” y que por la orografía de la ciudad, que cuenta con siete colinas, queda a la altura del primer nivel del Elevador.

(…)

(El artículo completo puede encontrarse en el número 08 de “EV” dedicado a Lisboa)