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Jerusalén, repasamos la historia de la Ciudad Santa

Jerusalén, la ciudad santa por antonomasia, central para judíos, cristianos y musulmanes, presenta una historia milenaria, convulsa y trascendental para entender gran parte de la historia de la Humanidad. Y sobre todo, es crucial para entender el desarrollo de la civilización occidental, aunque sus efectos e implicaciones llegaron de forma más o menos directa con el paso de las décadas y de los siglos a prácticamente cualquier rincón del planeta.

Las primeras referencias sobre la ciudad se remontan a la Biblia, al Antiguo Testamento, donde se habla de tribus hebraicas en esa parte del mundo sobre el año 1000 a.C. cuando gracias a la inteligencia, bondad y ambición de un pastor, David, llegaron a unificarse y dieron lugar a la fundación de Jerusalén como su capital. Luego, su hijo, Salomón, construyó el Templo en honor a su religión, a su Dios, que albergaba la Santa Alianza, un cofre de madera que guardaba las Tablas de la Ley dictadas por el Omnipotente a Moisés.

Con la muerte de éste, el reino de David se dividió en dos: Israel al norte y Judá al sur (éste, con capital en Jerusalén). División que los debilitó y que los dejó a merced de las grandes potencias regionales de la época: por un lado, Egipto, y por el otro, las distintas civilizaciones que se fueron alternando como grandes dominadoras del área mesopotámica. Nos situamos sobre el año 720 a.C. cuando el reino de Israel es conquistado por los asirios y sobe el año 586 a.C. cuando los babilonios del conocido Nabucodonosor conquistan Judá. Con esta última conquista se produce el primer y más recordado exilio judío. La aristocracia es hecha presa por los babilonios y trasladada fuera de sus tierras y el Templo de Salomón es destruido.

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Dos religiosos judíos ultraortodoxos, delante del Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén

Desde aquel episodio se conoce a los habitantes de Judá como judíos y es de aquella época la primera nostalgia de aquel pueblo de la “ciudad de David, la capital perdida” y el juramento de pensar en ella “todos los días de la vida”. De hecho, como explica en un artículo el especialista francés Vincent Lemire, también de aquel entonces procede la costumbre en las bodas judías, en el momento en que se rompe un vaso, de pronunciar la promesa: “Si yo te olvido, Jerusalén, que mi mano derecha se seque”.

El primer exilio
Aquel primer exilio, en cualquier caso, no fue muy largo, duró 50 años cuando el persa Ciro conquistó Babilonia y permitió a todos aquellos que quisieran volver a Judá y a Jerusalén. Con esa vuelta comenzó la reconstrucción del Templo. En el siglo IV a.C. cayó bajo el poder de Alejandro Magno y se convirtió en una provincia más de su gran imperio. Y ya cerca de Nuestra Era se produjo la ocupación y dominación romana, que tuvo lugar sobre el año 60 a.C. Algunos años más tarde, Herodes, al servicio del imperio romano, gobernó. Lo hizo de forma autoritaria, como “un tirano” o así se le describe en el Nuevo Testamento pero también se destaca de él su faceta como gran constructor en Jerusalén. Entre sus obras se señala, por ejemplo, el embellecimiento y ampliación del viejo Templo que “rivaliza con los monumentos más espectaculares de Egipto”.


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Las relaciones y enfrentamientos con los romanos cada vez van a peor y acaban derivando en el año 70 d.C. en una reacción visceral romana que aplasta cualquier atisbo de rebelión y destruyen Jerusalén. Y también el Templo. Varias décadas más tarde, sobre el año 135 d.C. la vieja capital se transforma en una ciudad romana dedicada al dios Júpiter, llamada Aelia Capitolina. Los judíos son perseguidos y expulsados, y se produce la diáspora. El Templo queda reducido a su mínimo expresión, del que sólo se conserva el muro occidental, también conocido hoy en día como el Muro de las Lamentaciones.

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Fachada de la Iglesia del Santo Sepulcro, en Jerusalén.

De Jesús a Mahoma
Durante todo este último periodo aparece la figura de Jesús, un judío ejecutado por las fuerzas romanas sobre el año 30 d.C y que para ellos, según apunta Lemire, era un “agitador judío más, como tantos otros”. Para los judíos, tampoco era una figura que contara con demasiadas simpatías, considerado como un “impostor”, que “osó presentarse como el Mesías, el elegido del Señor”. En cualquier caso, las enseñanzas y el mensaje de Jesús, no sólo circunscrito a judíos sino a todo aquel dispuesto a escucharlo y asumirlo como propio, se extendió desde Jerusalén y Judá, al resto de Oriente Próximo, Egipto y buena parte del Imperio Romano –aunque de forma clandestina en este último caso y en algunos otros, ya que el cristianismo fue perseguido por chocar con las creencias del momento-.

Fue en el Edicto de Tolerancia de Milán cuando el emperador romano Constantino en 313 d.C. hizo de ésta la religión oficial del imperio. Su madre, la emperatriz Elena, tuvo, parece, un papel fundamental en todo ello. A ella se atribuye el descubrimiento de la ‘Verdadera Cruz’ y fue ella una de las grandes impulsoras del descubrimiento y excavaciones en la zona de la colina de Gólgota (donde fue crucificado Jesús) y del área cercana donde se excavó la supuesta tumba donde reposó el cuerpo de Jesús antes de resucitar. Sobre toda esa zona es donde se construyó la Iglesia del Santo Sepulcro en el siglo IV. Fue tal la importancia de Constantino y de Elena que muchos de los concilios celebrados en aquella época para dilucidar misterios como el de la Trinidad, la Virginidad de María o la naturaleza de Cristo se produjeron en ciudades cercanas a Constantinopla, donde vivía el emperador. Jerusalén, como el lugar de la muerte de Jesús adquirió, por lo tanto, una significación grande y especial.


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¿REALMENTE ISRAEL ESTÁ PENSANDO EN LA SOLUCIÓN DE UN SOLO ESTADO PARA EL CONFLICTO CON PALESTINA?

Donald Trump en la reunión con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, mantenida en febrero de 2017 aseguró o dejó entrever la posibilidad de contemplar como posible solución al conflicto entre israelíes y palestinos la creación de un único estado que, según han publicado diversos medios, podría suponer la anexión de facto de Cisjordania y la creación de un ‘mini-estado’ en esa región que concentraría 2,5 millones de habitantes.

Esa pequeña Cisjordania palestina estaría además -como lo está ahora- separada, sin continuidad territorial de la otra parte que constituye Palestina, la Franja de Gaza, de apenas 40 kilómetros de longitud por una amplitud que oscila entre los 12 y 6 kilómetros y que se ve en una situación humanitaria complicada, sobre todo agravada por el bloqueo por mar, tierra y aire israelí que sufre desde hace varios años. Una solución, en cualquier caso, que no cuenta con el aval de la mayoría de la comunidad internacional, partidaria de la solución de dos estados, con el añadido o dificultad del estatuto o consideración de Jerusalén.

Declaraciones de Trump
Asimismo, las declaraciones de Trump, realizadas a finales de 2017, en que anunciaba el traslado de la embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalén tampoco han ayudado demasiado a apaciguar las aguas y traer a las partes negociadoras a la mesa, tras la ruptura entre ambas vivida en 2014. La visita de Mike Pence este pasado enero al Muro de las Lamentaciones y la Knesset –parlamento israelí-, convirtiéndose en el primer vicepresidente norteamericano en pisar la cámara israelí, tampoco han contribuido demasiado o por lo menos no lo han hecho en el sentido más esperanzador para el conflicto.

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El conflicto, que dura ya cerca de 70 años, parece lejos de solucionarse

La diplomacia palestina boicoteó la gira de Pence como represalia a las declaraciones sobre el traslado de la embajada de Estados Unidos, que despertó amplias expresiones de contrariedad y rabia en muchos estados árabes. También, entre los palestinos que amenazaron con la declaración de una tercera Intifada, que hasta el momento parece que no se ha acabado por desplegar –aunque sí hubo enfrentamientos durante varias semanas y muertos por ambas partes-. En mayo de 2017, Trump se había entrevistado con el presidente palestino Mahmud Abbas, ofreciéndose como posible “mediador o facilitador” en las negociaciones de paz.

Más de 50 años de conflicto
Las raíces del conflicto, de todos modos, se remontan a la creación del propio estado de Israel en mayo de 1948 cuando, tras la marcha de las fuerzas británicas que habían administrado Palestina mediante un protectorado desde comienzos de los años veinte hasta aquella fecha, se disparó el conflicto entre ambas partes. David Ben Gurion declaró el estado de Israel, de hecho, un día antes que expirara el mandato británico. La ONU, que había estado trabajando en la solución de la creación de un estado judío como respuesta al desastre y sentimiento de culpa que representaron los campos de concentración y el holocausto, sumado a los esfuerzos realizados por el movimiento sionista desde finales del siglo XIX, eran partidarios de la creación de dos estados: uno israelí y otro palestino.


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El 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General de la ONU aprobó un plan para la partición de Palestina, recomendando la creación de un estado árabe independiente y uno judío, y un régimen especial para Jerusalén. Según dicho informe, elaborado por el Comité Especial de las Naciones Unidas sobre Palestina (UNSCOP, por sus siglas en inglés), el territorio palestino incluía “Galilea Occidental, la región montañosa de Samaria y Judea –con la exclusión de la ciudad de Jerusalén-, y la llanura costera de Isdud hasta la frontera egipcia”. Tras el inicio de los choques con una alianza de países árabes, en desacuerdo con la propuesta de Naciones Unidas –por representar una pérdida sensible de territorio que no se correspondía con el peso demográfico y territorial que por entonces ostentaba la población palestina-, Palestina perdió el 50% del espacio propuesto por el plan planteado por la ONU.

Israel, después de la firma del armisticio de 1949 con Egipto, Siria, Líbano, Jordania e Irak, vio como sus fronteras se ampliaban notablemente, erigiéndose de facto desde ese momento en las nuevas fronteras entre ambos países, conocidas como “Línea Verde” y que se verían alteradas nuevamente después de la Guerra de los Seis Días de junio de 1967.


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Ya tenemos el númer 06 de “EV”

Acabamos de sacar una reimpresión en una tirada corta para colaboradores del número 06 de “EV” con entrevistas sobre el mundo del circo, el detective Sherlock Holmes, las causas por las que se ha duplicado el número de divorcios en España en la última década o sobre el restaurante más antiguo de Catalunya, el “Can Culleretes”, en el barrio gótico de Barcelona. Tambié publicamos dos artículos sobre el Muro de Berlín, en una época en que muchos políticos hablan de levantar barreras y sobre el que para muchos está considerado como el mejor futbolista de todos los tiempos, Pelé.

Cualquier que pueda estar interesado, solo tiene que contactar con nosotros a través de nuestro correo electrónico y le mandaremos un ejemplar (al precio estándar de venta sin gastos de envío, por 4 euros).

En general, estamos medianamente satisfechos y esperamos que os guste. Aquí os dejamos algunas fotografías que lo conforman.

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El Muro de Berlín

Ahora que se habla tanto de muros, repasamos el que desgraciadamente sea el más célebre de todos ellos: el que separó durante más de 25 años las partes oriental y occidental de la capital germana.

En una época como la actual donde desgraciadamente los muros y alambradas están tan en boga y en boca de muchos políticos que no sólo amenazan con levantarlos y construirlos sino que algunos ya lo están haciendo y en el propio seno de la Europa continental, hacemos un repaso al que para muchos sea posiblemente el “Muro” por antonomasia, el gran símbolo a la limitación de movimientos y libertades y un efecto evidente de una visión que en lugar de mirar hacia el conjunto se repliega sobre sí misma: el Muro de Berlín, que separó a la capital alemana en dos partes.

El Muro se construyó a comienzos de los años sesenta por decisión de la Unión Soviética y las autoridades de la República Democrática Alemana, para frenar el movimiento masivo migratorio hacia la esfera occidental. De hecho, con anterioridad a la toma de tan drástica decisión, se calcula que más de dos millones y medio de personas (de ellas, 1,6 lo hicieron en la propia Berlín) abandonaron la república germana bajo control soviético para instalarse en la parte dominada por Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña. Estas tres potencias se habían repartido junto a la URSS como reparación de guerra los territorios de Alemania y también de su capital tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Las tres primeras se unieron en 1949, conformando una única república, la República Federal Alemana, con moneda única, el deutschemark, y contraviniendo todos los acuerdos alcanzados por las potencias vencedoras en los Tratados de Yalta y Postdam. Stalin, ante tal decisión y al tener encuadrada Berlín dentro del territorio bajo su control, decretó un bloqueo terrestre que fue inocuo ya que se activó un puente aéreo que abasteció suficientemente a base de decenas de vuelos a las partes de la capital germana afectadas. El bloqueo se anuló a los once meses. Ese encontronazo evidenciaba, en cualquier caso, las fuertes desavenencias entre los regímenes comunista y capitalista; recelos y discrepancias que se repetirían durante la Guerra Fría.

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12 de agosto de 1961

Sea como fuere y ya con el antecedente del bloqueo y el encontronazo entre los dos bloques, el movimiento continuo de miles de personas de un lado a otro -y especialmente en Berlín- inquietaba al bloque oriental. En 1958 la URSS pidió a los aliados que Berlín dejara de ser una “ciudad libre desmilitarizada”. De haberse autorizado, el control de sus accesos habría quedado en manos de los soviéticos. Tres años después y todavía con esa reclamación en ciernes, el verano de 1961 se puso en marcha la “Operación Rosa”, una operación que consistía en el levantamiento y construcción de un muro de más de 150 de kilómetros y que se aprobó el 12 de agosto y ejecutó con evidente secretismo pasada la medianoche cuando se cerró el transporte y vías de acceso y se prosiguió a la instalación, en una primera fase, de una alambrada de espino. La construcción del muro se ejecutaría apenas unos días después, el 18 de agosto, y requeriría del trabajo de más de 40.000 operarios. Las primeras víctimas no tardarían en llegar.

Mientras estuvo en pie más de 200 personas perdieron la vida al intentar cruzarlo. Más de 600 fueron heridas de balas. Se produjeron cerca de 75.000 detenciones durante los 28 años que el muro estuvo en funcionamiento hasta noviembre de 1989.

(extracto del artículo publicado en el número 06 de la revista “EV, entrevistas (y más) para lectores curiosos”)