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Bosnia: la alarma del paro y la corrupción

Hace tiempo que tener estudios superiores no es garantía de tener un buen trabajo. Y ni tan siquiera sencillamente de tener trabajo. El que sea. En una crónica de Euronews se explicaba el caso de estudiantes universitarios en Bosnia que denunciaban que tuvieran que pagar cantidades entre 5.000 y 12.000 euros para hacer prácticas o tener trabajo en la administración pública. Alfredo Sasso, doctor por la UAB especializado en aquel país, coincidia en este tipo de denuncia en la entrevista que mantuvimos para el siguiente número de “EV.03”. Lamentaba los altos niveles de corrupción existentes. La BBC afirmaba que “Bosnia es uno de los países más corrutpos de Europa”. La revista Forbes y el Banco Mundial consideraban éste como uno de los problemas más graves que afronta el país y aseguraba que “es una de las principales barreras a la inversión extranjera y el crecimiento del país”. Sasso recordaba que un porcentaje alto de jóvenes quieren marchar del país y que el número de personas que abandonan sus fronteras buscando un futuro mejor es insostenible. Alguno de los destinos habituales se encuentran en Europa Central, Países Escandinavos, Estados Unidos o Australia, entre otros. Siempre intentan desplazarse, afirma Sasso , a lugares donde ya se tiene algún conocido que les facilite la llegada y la adaptación a una nueva realidad.

El otro grave problema, entre muchos de los que azotan a Bosnia, es el paro. El porcentaje oficial llega prácticamente hasta el 40%, aunque las cifras reales teniendo en consideración el trabajo no declarado, pueden bajar hasta cerca del 30%. Aún así, la cadena británica señala que es uno de los porcentajes más altos de toda Europa. Además, los sueldos son bastante bajos. La nómina media oscila sobre los 300 euros mensuales, una cantidad que contrasta con el nivel de vida en Bosnia, que una información de Euronews situaba “entre los más altos de la región“. Por contra, los salarios en la Administración son sensiblemente superiores y pueden multiplicar por mucho el de la mayoría de los trabajadores. Las cifras pueden moverse sobre los 2.000 o 3.000 euros mensuales. Esto explica que gran parte de la ciudadanía busque tener contactos en el sector público. Todo ello, a su vez, alimentando una corrupción creciente.

El tercer problema y preocupante es el modelo administrativo imperante. Sasso recordaba en la entrevista las palabras de un diplomático británico hace más de una década cuando afirmaba que “Dayton fue un buen acuerdo para acabar con la guerra pero un pésimo acuerdo para construir un país”. El periodista bosnio Boban Minic, establecido en l’Escala (Girona), criticaba lo mismo y denunciaba que el actual modelo parece condenado al fracaso. Ambos hablaban de Bosnia, hoy, como un “estado fallido”. La razón de tan duro diagnóstico se encuentra en un país que cuenta con tres niveles administrativos de funcionamiento, con grandes competencias y poca subordinación jerárquica, además de muy poca voluntad política. Por detras del nivel estatal, que cuenta con una presidencia rotatoria cada ocho meses entre representantes de las tres comunidades principales del país (bosnio-musulmanes, serbios y croatas), se encuentran dos entidades: la República Sprska (serbia) y la Federación de Bosnia y Herzegovina (musulmana). En ambos casos el nivel de homogeneidad de sus comunidades es casi total (y, por lo tanto, escasa relación interétnica). Desde que se firmara el Acuerdo de Dayton en 1995, el acercamiento entre ambas ha sido escaso. La constitución, que tenía que ser temporal prácticamente no se ha tocado en estas dos décadas. Y si el modelo ya es complejo y de difícil encaje, hay que sumar el nivel cantonal por un lado; y por el otro, por encima de cualquiera, la figura de un Alto Representante de la Unión Europea, que vela porque se cumplan los acuerdos y que la situación entre todos se mantenga dentro de unos cauces asumibles. La realidad, en palabras de Minic, es que se está avanzando más hacia la escisión en el país y la independencia de alguna de sus entidades que hacia la construcción de una verdadera conciencia conjunta de estado.

Para acabar, hay que decir que no todos los organismos son tan pesimistas, si bien es la nota más habitual. El Banco Mundial describe a Bosnia como un país de renta media-alta y celebra el avance económico conseguido en este tiempo. Asegura, si bien Euronews discrepa, que la pobreza se ha reducido del 20% al 14% en estas dos últimas décadas.

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Un traductor catalán en Sarajevo

Apasionado de la zona, fue el joven italiano doctorado por la UAB Alfredo Sasso el que nos introdujo al gerundense Marc Casals. Gracias a él supimos de este traductor catalán establecido desde hace algunos años en Sarajevo, para saber de su mano las impresiones que aquella ciudad genera en la actualidad, desde la perspectiva de los 20 años pasados desde el final de la guerra. El sufrimiento por entonces fue mucho y las heridas abiertas entre comunidades llegaron muy adentro. Hoy todo está demasiado a flor de piel, apuntan.

Marc Casals lleva unos cuantos años en Sarajevo pero no llegó allí desde Cataluña u otra destinación más -diríamos- corriente, llámese Londres, Berlín, París, etc. Ya hacía tiempo que residía en los Balcanes (Bulgaria y Croacia). Es, por lo tanto, lo que podría considerarse un entusiasta de la región, como también lo es Sasso. En este número 03 de “EV” reproduciremos íntegramente toda la entrevista, que es bastante amplia y no tiene desperdicio. El nivel de reflexión es serio y riguroso. Aquí, a modo de anticipo, publicamos un extracto de la misma, y descubrimos las razones de su interés por aquella parte de Europa.

¿Por qué fue a Sarajevo? ¿Y qué le llevó allí?
La fascinación constante por Bosnia desde el primer momento que puse los pies en el país. La combinación de mezcla y separación entre religiones y etnias, ver una sociedad luchando por escapar de una situación sociopolítica endemoniada y el trato personal con algunos bosnios en mi primer viaje allí rompieron por completo mis esquemas mentales e hicieron que enseguida sintiese una enorme conexión con el lugar. Durante años estuve viviendo en otros países balcánicos (Bulgaria y Croacia), pero cada vez que podía viajaba a Bosnia y con frecuencia acariciaba la idea de mudarme algún día aquí. En 2010 finalmente di el paso, llegué a Sarajevo con la idea de aprender el idioma y me he ido quedando hasta hoy.

¿Cuál es su actividad actualmente? ¿Cómo es su día a día?
Soy traductor autónomo y trabajo desde casa, así que durante el horario laboral acostumbro a estar recogido en casa traduciendo. Después de comer y por la noche intento dar un paseo o salir a tomar algo para airear la mente y socializar. Los fines de semana, en primavera y en verano viajo por el país en coche y, en invierno, me quedo por Sarajevo o, si hay nieve en las montañas, voy a esquiar a las estaciones olímpicas cercanas a la ciudad.

¿Qué opinión tenía antes de ir a Sarajevo y cómo ha evolucionado ésta en este tiempo que lleva viviendo allí?
Antes de mudarme a Sarajevo no tenía ninguna opinión establecida, sino más bien una enorme curiosidad por un mundo que me parecía a la vez fascinante e incomprensible. Aún conservo esa fascinación, aunque un poco erosionada: con el paso de los años se pierde la novedad y lo que antes era excepcional se convierte en cotidiano. Eso sí, sigo pensando que Sarajevo es una ciudad única, una de las más especiales en las que he estado jamás.

¿Cómo ve la situación política, social y económica en la ciudad?
Por desgracia, tanto Sarajevo como Bosnia entera son víctimas de un sistema político absolutamente disfuncional que favorece el sectarismo y la corrupción y tiende a ahogar cualquier iniciativa independiente. Hasta que esta estructura no experimente ningún cambio significativo, todos los casos de éxito (que los hay) se deberán más a la persistencia e incluso a la heroicidad de sus protagonistas que a la existencia de cauces que favorezcan el desarrollo tanto de la ciudad como del país en general.

Dzeko, una historia que va más allá del fútbol

Era apenas un niño de 10 años cuando empezó a jugar a fútbol. Su padre lo llevó a un colegio que no estaba destruido por la guerra y tenía un patio en mínimas condiciones para correr y patear el balón. Ese fue el inicio de una afición que se convertiría en profesión y que lo ha llevado a ser considerado entre los mejores delanteros del mundo. Aquel colegio estaba en Sarajevo y todo sucedía a mediados de los años noventa. Edin Dzeko recuerda sus inicios en una entrevista concedida a la CNN y cómo salvó la vida gracias a su madre cuando un día lo hizo entrar en casa pocos segundos antes que el espacio en el que jugaba fuera bombardeado. Perdieron la casa de los padres y tuvieron que instalarse con los abuelos y quince familiares más. Vivió todo el conflicto en la capital bosnia en lo que, seguro, tuvo que marcar su infancia. Aún así, de aquella experiencia, saca una lección constructiva cuando asegura que con confianza siempre se puede mirar al futuro con optimismo.

En su caso aquella confianza se convirtió en una carrera deportiva hasta la fecha muy destacada y que lo ha llegado a situar entre la élite del fútbol mundial. Dejó Bosnia para ir a jugar a la República Checa y de allí pasó al Wolsburgo alemán. Más de 65 goles marcados en tres años y medio llamaron la atención de los mejores clubes, siempre atentos a la irrupción de nuevos y prometedores artilleros. Se fue al Manchester City y, con él, obtuvo varios títulos. Entre ellos, una Premier League inglesa. Sus números fueron buenos pero no extraordinarios. Alternó titularidad con suplencia e, incluso, durante alguna temporada, llegó a coincidir con Negredo -que tampoco triunfó y hoy se encuentra en el Valencia-. Hoy juega, junto a su compatriota Pjanic, en la Roma.

Y si a nivel de clubes puede hablarse de éxito, también puede emplearse la misma expresión para definir su actuación y rendimiento con la selección bosnia. Es el máximo goleador con más de cuarenta goles y ha conseguido jugar un Mundial. Lo hizo en el de Brasil 2014 encuadrado con Argentina, Nigeria e Irán. No pasaron de la primera fase con dos derrotas y una victoria frente a los persas que de poco sirvió. El seleccionador habló de éxito, por la clasificación para el Mundial, pero de sabor agridulce al sentir que con algo de mejor suerte y más fortuna (especialmente, en el partido frente a Nigeria) podrían haber pasado a octavos. Sea como fuere, tuvo que ser extraordinario saltar al césped ese día del estreno de Bosnia en un Mundial. El marco fue incomparable: el estadio de Maracaná. Y contra uno de los favoritos, la Argentina de Lionel Messi. Dzeko no estuvo demasiado fino, como tampoco el resto del equipo. Para el Europeo de este verano en Francia (2016) llegaron a la repesca contra Irlanda pero cayeron en un desempate bastante ajustado.

En líneas generales, la actuación de la selección es más que buena, sobre todo si recordamos los traumas sufridos apenas hace veinte años por la guerra y que se trata de un país joven con unos datos de crecimiento económico delicados y un contexto político y social tenso. Dzeko, en este tiempo, ha conseguido dejar atrás el escenario de aquel patio rodeado de destrucción por el de los estadios más importantes del Planeta. Y ha confirmado como buenas algunas de sus convicciones.

“Mi familia es un ejemplo del sufrimiento causado por la guerra”

Slavko Mitric, cocinero croato-bosnio es uno de los protagonistas del próximo número de EV que dedicamos a “Sarajevo, veinte años después del final de la guerra”. Durante la guerra era apenas un niño de seis años que no entendía demasiado todo lo que estaba pasando pero que tuvo que vivir experiencias y ver escenas duras o muy duras para todo individuo; y más para un niño. En los peores momentos  del conflicto apenas podía ir al colegio y tenía que permanecer, junto a su madre y dos hermanos, escondido en el sótano de su edificio durante varios días seguidos para evitar ser alcanzado por alguno de los obuses que caían sobre su ciudad, Bugojno, en los bombardeos que sufrió durante aquellos largos meses. La convivencia entre comunidades “se vio afectada” y la escazez de todo tipo de cosas (“aunque sin llegar a pasar hambre”, según explica) se convirtió en norma.

Años después, con la guerra terminada, viajó dos veranos, gracias a los contactos de su iglesia, a Valencia para ser acogido durante algunos meses por una familia. Aquello le marcó hasta tal punto que, tiempo más tarde, y ya viviendo en Chicago (a donde emigró en 1999 junto con toda la familia), quiso recuperar el contacto con aquellos padres ‘adoptivos’. Esto le llevó a visitar varias veces España en esta última década y a conocer, también, Barcelona, gracias a un amigo catalán hecho en Estados Unidos. Hoy vive en la capital catalana desde hace algo más de un año y ha abierto un restaurante (Can Cirera) de auténtica comida balcánica (y muy buena, podemos decirlo de buena tinta) ayudado económicamente por uno de sus hermanos,  que vive en Nueva York. Su relato, por momentos, muy emotivo es el testimonio de una familia sacudida por los efectos de la guerra y su afán por seguir adelante.

A continuación reproducimos un fragmento de la entrevista que mantuvimos y que podrá leerse en toda su integridad en la versión en papel que publicaremos este comienzo de 2016:

¿Cuándo y por qué viene a Barcelona?
Hace poquito más de un año. Y la razón es un poco larga pero surge a raíz de un amigo catalán conocido en Chicago. Mucho antes, cuando yo tenía diez y once años vine a Valencia dos veranos fruto de la colaboración entre la iglesia católica de mi ciudad y una organización española. Pasé dos estancias, en 1998 y 1999, con una familia que acogía niños que habían pasado por la guerra. Aquella familia me trató como si fuera su propio hijo y guardo muy buen recuerdo de todo aquello y mantengo el contacto y afecto por ellos.
En 1999 toda mi familia salimos de Bosnia hacia Estados Unidos donde estuve quince años: desde 1999 hasta el año pasado, en Chicago.

¿Cómo fue esa experiencia?
Pasé quince años: desde los 12 hasta los 27 años. Vivíamos en una ciudad de 45.000 habitantes en la periferia de Chicago en una zona donde había muchos refugiados de múltiples conflictos como Vietnam, distintas partes de África o la propia Bosnia. Vivíamos en unos edificios llenos de inmigrantes.
Representó un cambio grande, un estilo de vida muy distinto, y hubo que acostumbrarse. Costó un poco. La ciudad era aparentemente grande pero parecía un pueblo y ofrecía pocas cosas a los jóvenes. Fuimos los cinco: con mis dos padres y dos hermanos (los dos mayores). Yo soy el pequeño.

Antes comentaba que había vivido la guerra, ¿qué recuerdos tiene de aquello?
En mi ciudad, Bugojno, en Bosnia central, sentimos la guerra más profunda. Todo empezó a comienzos de los noventa y yo nací en 1986, así que por entonces era bastante pequeño. Con cinco o seis año vi cosas complicadas de explicar, duras. Sufrimos al comienzo muchos bombardeos desde las montañas.

Para un niño sería especialmente delicado…
Bueno, era distinto para mí que, por ejemplo, para mis hermanos que eran más mayores que yo. Cuando yo tenía 7 años el mediano tenía 12 y el mayor 17 y esas ya eran edades, sobre todo, en este último caso, que te permitían comprender algo más todo lo que estaba pasando. Para mí era distinto: me adaptaba como buenamente podía a esa forma de vida sin comprender demasiado nada de todo aquello. Lo vives como viene y haces caso de lo que dicen los padres y los adultos. Más tarde, conforme te vas haciendo mayor, vas interpretando todo lo que sucedió.

¿Hoy, cómo ve aquel conflicto?
Se puede analizar todo lo que queramos y reflexionar sobre ello pero lo triste es que afectara a tantas personas, a tantas familias destrozadas, tanta gente que tuvo que huir… Mi familia es un ejemplo perfecto del sufrimiento causado por la guerra aunque también de las ganas por seguir hacia adelante. Hoy estamos muy unidos pero, por entonces, nuestras vidas cambiaron radicalmente. Tuvimos que aguantar muchas cosas y acabar marchando en 1999 para buscar una nueva vida.

“Hoy Bosnia puede considerarse un estado fallido”

Muchos expertos y articulistas utilizan la misma expresión aparecida en el titular de esta entrada para referirse a la realidad de Bosnia como “estado fallido”. Su compleja estructura administrativa, dividida en dos grandes entidades étnicamente homogéneas (fundamentalmente, musulmana y serbia) y dotadas de importantes competencias, más todos los cantones, la presencia y poder de un Alto Representante de la Unión Europea y la injerencia exterior hacen que la gobernabilidad sea muy compleja y difícil.

Y lo peor es que en estos 20 años desde los Acuerdos de Dayton que pusieron fin al conflicto no se ha avanzado mucho. O, muy poco. Alfredo Sasso, italiano, doctorado por la Universidad Autónoma de Barcelona y especializado en aquel país y la transición democrática previa al estallido de la guerra, ha viajado mucho a la zona, ha hecho más de 50 entrevistas y cuenta con un elemento de gran ayuda como es el dominio de la lengua serbo-croata. Además de sentir una gran pasión, entusiasmo y cariño por aquel país. Por todo ello y posiblemente en contra de lo que le gustaría, se sirve de una expresión utilizada por un diplomático británico a comienzos de la década de los 2000 sobre la realidad de Bosnia al afirmar que “Dayton fue un buen acuerdo para acabar la guerra pero un pésimo acuerdo para construir un estado”. Visto lo visto y lo poco que se ha avanzado, estas palabras tienen plena vigencia.

Asimismo, en esta entrevista con este experto -que publicaremos en este tercer número de “EV” a comienzos de este 2016-, habla de un problema grave de corrupción muy transversal y extendido al conjunto de prácticamente la totalidad de la sociedad. De esta forma, asegura que buena parte de las familias en Bosnia guardan algún tipo de vínculo con un partido político o con alguien relacionado o del entorno de los mismos. Las ‘relaciones’ en un país con un sueldo medio que se mueve sobre los 450 euros, afirma, “se cuidan mucho”. De hecho, según la ONG Transparencia Internacional Bosnia aparece en el puesto 80 sobre 175 con una puntuación de 39 sobre 100.

Así las cosas, afirma que la reconciliación entre comunidades queda muy lejos y sigue siendo un reto esencial para poder avanzar en la construcción de un estado normalizado. Los partidos, precisa, no se definen tanto por su línea ideológica de derechas o izquierdas sino por su vertiente étnica. De esta forma, todo este entramado social y político hace que la economía se resienta y que sus cifras de crecimiento sean bastante o muy discretas. Afectadas, también lógicamente, por la crisis que ha azotado al conjunto de economías desarrolladas y emergentes. Buena parte de los jóvenes afirman querer marchar del país y son decenas de miles los emigrantes que cada año abandonan los límites de Bosnia para ir a buscar una vida mejor a lugares como centro-europa, Países Escandinavos, Estados Unidos o Australia, entre otros.

En este contexto y con la adhesión a la Unión Europea como mínimo postergada hasta la década de 2020, noticias o logros internacionales de prestigio como la clasificiación para el Mundial de Brasil 2014 por parte del combinado de fútbol fueron muy celebrados por buena parte de la población. En Sarajevo, más de 50.000 personas salieron a la calle para festejar tal acontecimiento aunque, en sentido inverso, en la República Sprska, de mayoría serbia, la respuesta de los ciudadanos fue más bien fría y distante hacia una selección que, probablemente, no sienten demasiado como propia. Así, han pasado dos décadas pero todavía, visto lo visto y tras escuchar las palabras de este doctor de la UAB, queda mucho camino por delante.

La guerra de Bosnia, en las ondas

En el próximo número de “EV” que dedicamos a la guerra de los Balcanes y más concretamente a la situación presente hoy en Sarajevo 20 años después del final del conflicto, hablamos con un periodista, Boban Minic, de Radio Sarajevo establecido desde hace ya algún tiempo en L’Escala (Girona).

Se trata de una persona que era por entonces un figura de cierta posición al inicio de la guerra y que, por las circunstancias de los enfrentamientos y el asedio sufrido por la capital bosnia, se vio obligado a emigrar. La alternativa profesional, una vez aquí, fue regentar una cafetería junto a su mujer, también periodista, y renunciar, tristemente, según reconoció en alguna entrevista, a muchos de “sus sueños”. En esto precisamente coincide con una confidencia que nos hizo para este número un cocinero croato-bosnio que junto con su familia emigró a finales de los años 90 a Chicago. En su caso, aseguró, que lo que ellos habían vivido era “un perfecto ejemplo de como una guerra podía destruir a una familia”. Demoledoras palabras que encuentran su contrapunto de esperanza cuando afirma que sus “padres se sacrificaron ” para que él y sus hermanos tuvieran un mejor porvenir. De hecho, él ha montado un restaurante de comida balcánica en Barcelona, ayudado económicamente por uno de sus hermanos que vive en Nueva York y  ha podido estudiar cocina en un importante centro de sello francés.

Pero volvamos a Boban Minic: para documentarnos para la entrevista hemos descubierto que su apellido es de origen serbio y su mujer, musulmán. Hoy una pareja de esas características en la Bosnia actual se hace harto improbable, atendiendo a la más que dificil y distante relación existente entre las distintas etnias que apenas han recorrido demasiado trayecto en el camino de la reconciliación. Y el futuro, por lo pronto, no parece tampoco demasiado halagüeño.

De entre sus declaraciones rescatamos también otras -y que serán tratadas en el número 03 que publicaremos a comienzos de 2016-, que llaman la atención; expresiones como que lo que pasó durante la guerra “escapaba a toda lógica”. O, sobre la cobertura informativa que se llevó a cabo por los distintos medios internacionales y que le llevó a asegurar:  “La verdad muere en la guerra. Y, sin verdad, todo está perdido”.

Colaboró con un documental (“Good morning, Sarajevo“) y ha escrito un libro sobre todo aquello: “Bienvenido a Sarajevo, hermano” (Editorial Icaria). Sin duda, Boban Minic es una voz más que acreditada sobre lo que allí sucedió durante esos años.

Historia de los Balcanes

Estamos preparando un artículo sobre la historia de los Balcanes a partir de la lectura de un lbro de un experto británico. Una pequeña aproximación a un espacio geográfico muy complejo y que algún autor ha tildado por comparación como “trampa” mientras otros en el siglo XIX hablaban del “enfermo de Europa”. Lo cierto, y aparece fantásticamente reflejado en esta obra, es que se trata de una zona que ha bebido de grandes y trascendentes influencias. Por ella han pasado tropas y administración romana (como parte hasta el siglo XV del Imperio oriental); burócratas, gestores, comerciantes… gentes de la “Sublime Puerta” (imperio turco-otomano); rusos (fundamentales en los procesos nacionalistas de la península, para la mayor parte de regiones pero especialmente para Serbia y Grecia); aristócratas llegados de centro-europa, que tuvieron y han tenido también un rol esencial en la aparición y desarrollo de destacados movimientos, incluso ostentando papeles de reyes en lugares como Bulgaria (casa de los Habsburgo, Imperio Austro-húngaro).

Y todo ello amenizado por ideas rupturistas y progresistas como las venidas desde Francia a finales del siglo XVIII y XIX, con la Revolución, Ilustración y el fenómeno bonapartista. O los cambios mentales y sociales ocasionados por la aparición de nuevos modelos económicos procedentes de las islas británicas. Mezclas, confrontaciones y superposiciones pasadas además por filtros porosos muy impregnados de profundas convicciones religosas de base musulmana, católica y ortodoxa.

Un cóctel, por lo tanto, complejo que encontró durante buena parte de su historia, sociedades básicamente agrarias, no especialmente bien comunicadas a nivel de infraestructuras ni con altos índices de alfabetismo; y con códigos internos de clanes muy particulares. Así, el escenario y panorama en aquella parte es heterogéneo y difícil pero también diverso, rico y apasionante.