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Pisa y la torre inclinada más famosa del mundo

Es uno de los grandes iconos de Italia y del turismo mundial. En pocos lugares se habrán hecho más selfies y dado mayor creatividad a infinidad de juegos fotográficos posando de mil formas -y muchas muy originales- combinando con su inclinación que, por cierto, es de cuatro grados según leemos. Ante el riesgo que pudiera venirse abajo, durante los años noventa del pasado siglo y hasta 2010 se acometieron importantes trabajos de restauración y apuntalamiento para asegurarla de forma consistente. Tiene ocho niveles, en realidad es el campanario del duomo (catedral) que se encuentra al lado y tiene una altura por encima de los cincuenta metros. La entrada vale 22 euros (27 si se compra con los accesos al Camposanto -cementerio monumental- y al Baptisterio) y se entra por grupos cada veinte o treinta minutos aproximadamente. Fórmula para regular más o menos la entrada y que funciona -por lo menos durante nuestra visita- de forma muy eficiente.

En algunos lugares se recomienda reservar el ticket; nosotros no lo hicimos presentándonos, eso sí, temprano, aunque toda previsión especialmente ahora que parecen recuperarse los índices de viajeros anteriores a la pandemia puede que sea bienvenida. La entrada a la torre puede que decepcione algo. Su aspecto exterior espectacular, de mármol blanco y profusión decorativa -que hace de ésta y de todo el conjunto de edificios situados en esta Piazza dei Miracoli uno de los mejores exponentes, más elegantes y refinados del arte medieval-no está acorde con la sobriedad de su interior. Curioso es observar cómo la inclinación del campanario hace irse de un lado a otro de la escaleras mientras se asciende hasta la parte de arriba, desde donde se tienen unas grandes vistas sobre toda esta parte de Pisa.

La torre es del siglo XII y ya empezó a inclinarse desde sus inicios, por encontrarse en suelo arcilloso y no contar con los cimientos necesarios (corregidos más tarde). Enfrente se encuentra la Catedral (duomo), que es gratuita pero que requiere de entrada que se puede conseguir en un edificio muy próximo y que se realiza a horas marcadas. Llama la atención su monumentalidad, techos, mosaicos, el púlpito y sus grandes hileras de columnas de estilo corintio. No muy conocida -o no tanto como la propia torre- es uno de los grandes monumentos de la ciudad y de la región. Data de 1063 y, como el resto de construcciones en esta zona de Pisa, es de mármol blanco y gris.

Muy cerca está el Baptisterio, del siglo XIII y para el que sí hay que comprar entrada -aunque puede incluirse en la combinada junto con la Torre y el Camposanto-. De forma circular, cuenta con un diámetro de 38 metros y una altura que no dista mucho del famoso campanario inclinado. El interior es austero e invita, como todo edificio religioso, a la introspección.

La visita a esta parte puede cerrarse con el Camposanto o Cementerio monumental, que cuenta con un claustro interior, 84 sarcófagos, así como esculturas y grandes frescos sobre algunas de sus paredes. La fachada exterior, la más visible, consta de 42 arcos ciegos. Tanto este punto como el Bapstisterio tienen una afluencia de gente menor. Drigiéndose ya hacia otros lugares de la ciudad, vale la pena también fijarse cerca de la Torre en la Fuente de los Querubines.

Así, hay que reconocer que el mayor atractivo turístico de la ciudad se localiza en la Piazza dei Miracoli (Plaza del Milagro) pero, para aquellos con ganas de dar una pequeña vuelta más, son también interesantes espacios como la Piazza de Cavalleri, centro de poder en la antigüedad y donde se encuentran varios ‘palazzos’ o la estátua del duque Cosimo I de Médici. O, sobre todo, el Ponte di Mezzo, sobre el río Arno y que conecta con la gran arteria comercial de esta ciudad toscana de cerca de 100.000 habitantes, el Corso Italia. En ella se localizan todas las grandes marcas y establecimientos más famosos.

Algo más pintoresco, vale la pena ‘perderse’ por su centro histórico para dar con rincones como las ‘piazzas’ Garibaldi o delle Vettovaglie, así como caminar por las calles a ambos lados del río para fijarse en las fachadas de algunas de sus casas, que en el pasado correspondieron a algunas de las grandes familias de la ciudad durante la Edad Media. En uno de sus costados destaca la Iglesia de Santa María della Espina, de estillo gótico, de 1230 y que tuvo que ser reconstruída a finales del siglo XIX por la inestabilidad del terreno. Su aspecto exterior es refinado y elegante, como en general el conjunto de esta pequeña y tambén animada urbe.


(Más foto y contenidos en nuestros perfiles en Facebook, Twitter e Instagram: @evrevista)

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